«Lo sombrío de los bucles», de Sofía Valla

Lo sombrío de los bucles

Sofía Valla*

***

20 de marzo de 2020

Siempre me dio curiosidad cómo sería mi muerte, cómo sería la muerte en general. Si sería igual para todos los mortales o si la atravesaríamos de manera diferente en función de cómo vivimos.

Solía pensar mucho tiempo en la muerte. A veces en la muerte como condena, a veces en la muerte como salida. Muchos creen en la reencarnación de las almas, en nuevas oportunidades de triunfar, de vivir, de redimirse. Yo siempre pensé que allí no habría más nada y que en el momento en que dejase de haber chispa en nuestro cerebro, pues sabríamos que tendríamos que partir de aquí con todo lo que nos hizo quienes somos, esperando aquí y ahora a la muerte, que es tantas veces injusta como piadosa.

Y es que lo más injusto pero a la vez quizás también lo más piadoso, es que no lo recuerdo.

Solo siento estas olas terribles de dolor atravesándome la carne, una picana entumeciéndome las sienes.

El ruido que hace el crepitar de los huesos rotos.

Pedazos de hierro en suspensión. Y el fuego.

Recuerdos de Pancho bebé.

Recuerdos de Ana.

No hay cables, no hay ondas, no hay nada con lo que alguien pueda alcanzarme y llevarme de nuevo a casa.

 

19 de marzo de 2020

Ayer hablé con Gimena, le dije que mañana ya estaría en casa y que pasaría a buscar a Pancho en cuanto llegase, sé que ama a mi perro pero no puedo pensar en el hecho de que alguien pueda amarlo más que yo. Es mi mejor amigo. No hay humano cuya vida no intercambiase por la suya. Siento que tiene los ojos de Ana, cálidos, compañeros. Sé que Gime lo cuida como si fuese propio, y en realidad lo fue, mientras yo le fui propio. Pancho y yo somos uno. A veces extraño los abrazos de Gime, pero eso no se lo dije.

 

17 de marzo de 2020

Le acabo de mandar a mi vieja fotos del valle embrujado. Siempre sentí curiosidad por las brujas, no dudo que la inquisición las haya extinguido. La iglesia es exhaustiva en sus misiones. Tal es la ironía con la que trabaja al punto de que quizás muchas de ellas se hayan persignado antes de que su carne se derrita en la hoguera, antes de que sus gritos extingan los estigmas. Lloré y recé, una sola vez, hace cuatro años.

 

15 de marzo de 2020

Hoy vi uno de los pocos ejemplares que aún viven de zorros patagónicos. Que catastrófica es la muerte cuando una especie está a punto de desaparecer y cuán menospreciada cuando los ejemplares sobran, ¿no es extraña la subjetividad?

Me hizo pensar en la muerte. El terror que me infunde nada tiene que ver con la nada en la que me sumergiré cuando llegue. Es una imagen la que me obsesiona: mi vieja llorando en mi tumba y Pancho esperándome llegar. No puedo pensar en esa imagen sin que me desgarre. Eso me hace dar cuenta que no le temo a la muerte en sí, sino a la vida después de la vida. Tan soberbios somos los humanos que creemos que el pozo que dejamos es ciego.

 

13 de marzo de 2020

Gastón me puso “me gusta” en la foto en la que estoy esquiando. Aún no me animo a asimilar que quizás él también me guste a mí. Cuando vuelva voy a animarme a invitarlo a tomar un gin tonic. Como no creo en el más allá, entiendo que todo lo que deseo tiene que suceder en vida. Y quizás todo lo que deseo lo incluya. Como incluye tomar mates con la vieja, correr con Pancho y abrazar a Gime, que es irremediablemente para siempre parte de lo que deseo.

 

11 de marzo de 2020

Me voy de viaje al sur en el Gol de Ana. Hace años que no toco las cosas de Ana. Que no me animo a entrar a su cuarto. Morí el día que se fue y volví a nacer cuando Pancho llegó a mi vida, encontrando a un Pedro mucho más nostálgico y lleno de pena que el que conocieron Lori o Flecha. Un Pedro sin Ana. Un Pedro sin una parte de sí mismo.

 

20 de marzo de 2016

Me tiemblan las manos y ya no quiero escribir nada más.
Después de una larga batalla, Ana se fue sin llevarme.
Siento como si una mano me arrancase del pecho el alma. O lo que queda de ella, si es que a este amasijo de pena y furia se le puede llamar alma.

 

19 de marzo de 2016

Me siento solo sin Ana.
El mundo no tiene más nada que ofrecerme. Nada me entusiasma. Ya no encuentro magia en los rincones donde el polvo de los dias se acumula. No tienen sentido las mas lindas melodías si ella no puede escucharlas, vivirlas, marcando el paso con el pie contra la silla.
Ya no puedo escuchar concierto para dos violines, no sin ella.
Me permito reproducirlo sólo mientras le leo “Kafka en la orilla” al costado de su cama en el hospital.

 

17 de marzo de 2016

Mientras mi mamá rezaba junto a su cama, Ana parpadeó. El médico dijo que lo más probable es que fuera un acto reflejo. Yo prefiero pensar que le quiso decir a mi mamá que prefería escuchar algo de Bach.

 

15 de marzo de 2016

Hoy tampoco. La muerte a veces me asusta, otras me enfurece.
Soy un cuerpo anestesiado con la mente repleta de angustia.

 

13 de marzo de 2016

Hoy no tengo ganas de escribir.
Tomé dos comprimidos en lugar de uno.

 

11 de marzo de 2016

La psicóloga me recomendó que escriba cómo me siento en un diario personal. Que si no puedo hablar con los demás, trate al menos de hablar conmigo mismo. Para continuar atado a algo que me vuelva existencial, en un plano diferente al que está Ana. Un plano que no conozco, al que no puedo llegar, de cuya dimensión no puedo hacerme.
Me desespera que ella esté allí y yo acá, inválido. Impotente.

No hay cables, no hay ondas, no hay nada con lo que pueda llegar a alcanzarla y traerla de nuevo a casa.

 


* Sofia Valla nació en 1993 en Alcorta, Santa Fe. Actualmente vive en Junín y se recibió de licenciada en Genética. Realiza un doctorado en Biología Molecular y es docente de la Universidad Nacional del Noroeste de Buenos Aires (UNNOBA). “Pocas cosas disfruto tanto como pensar en personajes e historias que no existen con retazos de sensaciones de la vida cotidiana, mezclarlas, reinventarlas y escribirlas”.

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