«Imago mundi», de Rubén Américo Liggera

Dibujo de R. A. Liggera

Imago mundi*

por Rubén Américo Liggera


el mundo
¿habría sol? ¿cantarían los pájaros celebrando un nuevo día?/¿oleríamos a pasto verde a flores húmedas a verano a mera juventud?/(¡ay, la juventud!/aquella lejana y bulliciosa juventud)/no lo recuerdo no lo sé todavía hoy veinticuatro de enero en La Sueñera/cuando ella todavía duerme y la luz se demora en los cipreses/no lo recuerdo ahora/tampoco lo supe/aunque cuánto lo deseaba/cuánto rogaba entonces que a pesar de todo la vida permaneciera siempre fiel a los ciclos del sol y de la luna/del viento y de la lluvia/del frío y del calor/del trabajo y del descanso/del amor y el desamor/sin saber nada de nosotros de pronto fuera del mundo del orden de las cosas/de los mínimos hábitos de los ritos sagrados y paganos/apartados del redil/separados de las buenas conciencias/soterrados/ocultos/arrojados como bultos apestosos en una isla desierta/sin rostro identidad ni traza humana alguna/nada sabían de nosotros/y el mundo aún dormía


el cuerpo
secuestrado de la luz tabicado amarrado cagado y meado en los pantalones/llorando de miedo dentro de un cubículo frío/arrancado de un brutal manotazo de la tibieza de sus pechos desperté en la oscuridad/la más absoluta de las negruras/la del alma/la que se paga con el dolor del cuerpo/esa que aprieta ahoga y al final mata


el grito
tampoco sé qué fue de esas heridas el espanto y las derrotas/pero sí sé que me miro me palpo y que estoy vivo todavía/que no enloquecí/que no me suicidé/que hice lo que pude y supe/que engendré los hijos/que perseguí la belleza y la justicia/y que luego de sorber el primer amargo/esta mañana me digo/les digo a ustedes/ les grito a ellos en la jeta/no pudieron/no pudieron /no podrán/no podrían nunca


y el acta
el picaflor de cada verano las mariposas y las hormigas/esta mesa esta silla estas flores y el florero/este mate la yerbera y el cuchillo/las pinturas de mis amigos ausentes Pío y el Flaco Alonso/los libros los cedés y el diario de ayer/el corazón de cartulina que me dejó la pequeña Violeta y también el cuento del bosque embrujado de brujas sobre la puerta de la heladera/el llamador de cañas que afuera suena con el viento/ el cencerro de oveja madre el pez alado/y arriba en la parrilla la boca dura del sapo/ídolo de bronce del Pepe y los pepitos nocturnos que corren desnudos por el parque/en busca de alimento abrigo y luz/las rosas blancas y las rosas rojas /los fragantes jazmines esta botella de vino y el sifón/ este sombrero de paja este cinturón estos zapatos/estos lápices estos pinceles estas tintas estos papeles /todos los poemas que escribí los no escritos todavía los que quizás nunca escribiré/esta lámpara la primera y última tristeza de Grisel el abrazo de los hijos y la lúcida obstinación de mi vieja como la de mi abuelo Juan Pascual/este banco esta escoba el pan oreado la miel y la manteca/este caminito que me trajo desde muy lejos a La Sueñera sin saberlo sin pensarlo/pero seguro de que después de los sesenta éste será el lugar donde dejar de los huesos las cenizas/y las muchas penas y las visiones y los últimos anhelos y por fin el aura azufrada de aquellas sombras sigilosas fantasmales malolientes/que han venido cada noche hasta mi almohada para señalarme con el dedo y cagarse de risa /aunque –amigos y compañeros– como todo tiene su fin/ estén seguros también voy a enterrarlas mañana muy temprano bajo el ciruelo/añadiré además este apresurado inventario y la memoria que aunque espejo amargo y roto/no se compra ni se vende/no señor/y tampoco la encontrarán ni en Mercado Libre/ ni en oferta ni en liquidación por cierre definitivo/ es ésta una declaración de principios anoten/ en Junín Buenos Aires a los treinta días del mes de enero del año dos mil diecisiete/y firmo al pie con aire grave de torcaz


* Texto publicado en Revista Rama Negra Número 4, Junín, septiembre 2017

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