«El juego de las sillas», de María Eugenia Diego

El juego de las sillas

por María Eugenia Diego*


El ambiente estaba tan tenso como la tormenta que comenzaba a desatarse. El cielo ennegrecido andaba con ganas de desplomarse. Entre las familias, miradas inquisidoras, de los pies a la cabeza. Análisis de cada objeto de valor que tuvieran en cuello, orejas, muñecas o dedos.


Amalia de Montalvo era una señora de la casa. Vivía junto a sus dos hijas y un hijo y, hasta el día anterior, con su marido, Roberto. Se habían conocido a los 18 años y tras siete años de noviazgo, interrumpido por incontables peleas y reconciliaciones, se habían casado, con su hijo mayor como testigo desde adentro de la panza. Roberto no había sido un novio fácil. Era un picaflor, ¿qué querés con esa carita y esa billetera, nena? Lo justificaba la suegra de Amalia.


Dos años después del primogénito llegaron las mellizas. Pero no por tener pichones el pájaro deja de picar y el “picaflor” no escapó a la regla. Eso Amalia lo sabía. Pero prefería soportarlo a renunciar a los privilegios de ser la esposa del dueño del frigorífico más importante de Saladillo, que además de eso, mantenía intacta su belleza con el paso de los años. “Este es como el chorizo seco, cuanto más estacionado, más sabroso”, decían las vecinas al verlo en su camioneta.


El cortinado de pana bordeaux ensombrecía el ambiente. Una enorme araña de cristal, ostentosa en sus comienzos, ahora en decadencia, con la mitad de las bombillas quemadas, no alcanzaban a iluminarlo. A un costado, un antiguo juego de sillones de estilo inglés sostenía a cuatro ancianas, que no lograban ponerse cómodas sobre los rígidos almohadones.


—Dicen que no se ponían de acuerdo de dónde enterrarlo.


—No, y ganaron los Montalvo. Lo van a llevar al Privado, pero les dijeron a las otras que ni se les ocurra pisar la parcela de la familia.


—¡Cuánto egoísmo! No les dan la posibilidad de visitarlo al pobre Robertito. ¡Y ni siquiera lo lloran! —sentenció doña Estelita, una prima lejana del difunto.


En el funeral no había servicio de mozos, ni nada para tomar en una mesa dispuesta a un costado de la sala. Solo tazas vacías dadas vuelta que parecían estar en huelga. “Yo no pienso darles café a esos chupasangre”, y del otro lado, “ni loca pongo café para estos que nunca me dieron nada”. Los ánimos de las familias estaban contrariados y nada ayudaba a mejorar el velorio. Pese a todo, había quienes no la pasaban tan mal.


—Ni en momentos como este pierde la belleza este hijo de su madre.


—Lo que daría por estamparle un beso. Nunca me dio bola a mí tampoco —comentaban un dúo de vecinas saladillenses.


—Nena, más respeto por el pobre Robertito —las calló Estelita, que defendía a su primo a capa y espada y pese a su edad avanzada tenía un oído a prueba de chusmas.


A quien sí le había dado bola y algo más, era a Claudita Colombo, una diosa en sus años de juventud, que había sabido mantenerse a costa de cirugías y muchas, pero muchas sentadillas y estocadas. También había quedado embarazada de Roberto y también tenía mellizas con una edad similar a las Montalvo. Pero las suyas eran de apellido Colombo. Si bien su amante de años las había reconocido como propias, la esposa legítima le había prohibido que les diera el apellido. “Pasales plata y listo. ¿El apellido?… ya es demasiado”, le había dicho Amalia.


Las mellizas Montalvo se cruzaron en la vereda con las Colombo. Las cuatro se movían apuradas para no mojarse. Llovía a mares y los truenos se pedían permiso el uno al otro para hacerse notar. Pese al apremio, revoleaban los ojos en forma de una enorme circunferencia para no perderse detalle. Las Montalvo: y esas zapatillas… son carísimas, tiene el reloj que yo quiero, mirá la campera de cuero… igual a la tuya. Las Colombo: ¿y esos tacos? A qué peluquería irán, tienen el pelo bárbaro, ¿y ese piloto? No habla castellano. El par de mellizas se terminaron de escudriñar y entraron al lugar.


Adentro, una de cada lado, las madres de las chicas, anteojos oscuros de por medio, se escrutaban. Amalia, pera en alto y pecho erguido.


—Vos no te movés del despacho de papá desde mañana. Te acomodás ahí y que te saquen con un remolque si pueden —le decía Amalia a su hijo con los dientes apretados.


—¡Mamá, no quiero, tengo ensayo con la banda!


—Pues instalate con la banda en el frigorífico si querés. Pero no dejes libre el lugar, que las buitres acechan.


—¡Y parate mejor, Felipe, haceme el favor! ¡Parecés un hippy! —le reprochaba a la vez que le acomodaba el pelo largo y lo enderezaba.


—Señores —dijo el encargado del servicio—, vamos a cerrar el cajón para subirlo al coche.


El estampido de un trueno provocó un temblor en los vidrios. Algunos de los presentes se asustaron y gritaron a la vez que se alejaron del difunto, otros, como el caso de las viudas, aguantaron el estruendo y permanecieron inmóviles junto al cajón. Mientras, los trabajadores del lugar lo cerraban y lo preparaban para la última etapa del velatorio.


—¿Quiénes van a sostener las manijas? —preguntaron a las familias.


Un torbellino de personas que se atropellaban entre ellas se apoderó del lugar. Parecía el Juego de la silla. Las manijas serían las sillas y cuando se apagara la música, quien se quedara sin manija perdería el juego. Las mellizas Colombo se empujaban con las Montalvo, que por culpa de los tacos no podían moverse con agilidad y estaban perdiendo el juego. Felipe, previo empujón de su madre, le ganó la carrera al primo de la diosa Colombo. Y las viudas, se miraron con tal intensidad, que sin decírselo, acordaron agarrar cada una, la primera manija a cada lado de la caja mortuoria.


Afuera, la tormenta transitaba su peor momento, la lluvia insistía en inundar las calles y las alcantarillas estaban a punto de renunciar. Los relámpagos iluminaban el interior de la casa funeraria. Los miembros de la familia que habían ganado el juego, a la orden de “levanten por favor” elevaron el cajón unos centímetros. De un lado habían quedado los Montalvo, del otro los Colombo. De repente, un rayo más fuerte que todos los caídos esa noche, impactó en la antena de la terraza del velatorio, traspasó el techo, se deslizó por la araña y terminó en el medio del cajón, partiéndolo en dos simétricas mitades.


Y allí terminó Roberto Montalvo, con la hermosa carita destrozada, un brazo, una pierna y la mitad del torso de un lado del cajón y el resto del otro. “Las cosas como son, una mitad para cada familia”, dijo Estelita desde el sillón.


* María Eugenia Diego nació en la ciudad de Bolívar, provincia de Buenos Aires, en 1973. Es Licenciada en Comunicación Social, egresada de la UNLP. Siempre se inclinó por el lenguaje escrito en sus diferentes trabajos, por ser el medio que le permite al lector detenerse donde desee y disfrutar de la lectura, cada uno a su tiempo. En 2020 comenzó a asistir a los talleres de Escritura de Natalia Brandi, un preludio necesario para pulir el arte de escribir.
Contacto: IG @marujadiego | FB María Eugenia Diego

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