«Enigma», de Liliana Rodríguez


 

Enigma

Por Liliana Rodríguez*


Las mañanas soleadas me provocan levantarme temprano, y mientras preparo el mate, mirar por la ventana mi pequeño paraíso. El limonero, el naranjo, los rosales, la huerta, se ven algo descuidados pero ahí están ofreciéndome todo, tan solo a cambio de un poco de agua. Me cuesta atenderlos porque mi cintura ha puesto un límite y ni hablar de mis rodillas. Son tan nobles que hasta con mínimos cuidados siguen dando sus frutos. Mis hijos me insisten que me mude a la ciudad y tal vez tengan razón pero es que yo ya no tengo ganas de ir a ninguna parte, sí de recibir amigos porque siempre he sido una excelente anfitriona. Además, hoy la computadora, una amiga reciente, y el celular, me llevan a todos lados y me conectan con el mundo.


Mi primera acción del día es entrar en Facebook para chequear cumpleaños. Me quedo mirando una Cruz de Caravaca y una solicitud de amistad: Pedro Sánchez. Voy al perfil y solo aparece una dirección de mail y pocos datos sin importancia. ¡Sé quien sos!, digo en voz alta. Con el pulso acelerado entro al mail como loca rabiosa. De: luciaperezrios@hotmail.com Para: pedrosanchez1810@hotmail.com (Pablo Salerno). ¡Hola Pablo! Tal vez, te llame la atención que sepa quien sos. Y sí, te mandé a investigar. Qué gracioso, ¿no? un investigador investigado…, porque eso eras ¿o no? Aquel día en San Telmo en el que tomábamos café en un bar, mientras me explicabas que tu ausencia en mi cumpleaños de treinta había sido para protegerme, que me habías visto a través de la ventana del balcón, contenta, festejando con mis amigos y que pensaste que no tenías nada que hacer ahí, quise decirte que no entendía. Dejaste dinero sobre la mesa para pagar dos cafés a medio tomar, me tomaste de la mano fuerte, salimos por la puerta lateral, paraste un taxi y me dijiste «andá a tu casa», después te llamo. Cuando me di vuelta para verte por la luneta ya no estabas. Eso y la noticia que leí en el diario al día siguiente sobre la bomba que había explotado en el baño del mismo bar me voló la cabeza y entonces decidí investigarte. Los resultados fueron magros pero contundentes. Tu nombre no era tu nombre, no trabajabas donde decías trabajar. Es decir, había dormido muchas noches con alguien que no sabía quién era. Ahora, mirando esa Cruz de Carnavaca que nunca te sacabas, ni siquiera al bañarte, me entra un odio, ese odio que sentí cuando el investigador me dijo «salga de ahí, señorita. No quiera saber más». Tremenda mierda esos años. Empecé a atar cabos sueltos que, por mi ingenuidad, no relacionaba. Desde que te conocí en la facultad me pareciste misterioso pero cercano a la vez. Me cuidabas y también a mis dos compañeras; me acuerdo el día que íbamos a una asamblea a protestar y nos dijiste con autoridad ¡váyanse! y luego te lo agradecimos porque en esa revuelta mataron a dos estudiantes. Me fui enamorando profundamente a pesar de tus desapariciones de varias semanas y hasta de meses, para las que siempre tenías explicaciones. Eso sí, me enviabas postales amorosas desde Lima, desde Asunción, desde La Paz. Nunca fotos, ni una sola foto. Hoy sería imposible; debe ser más difícil el oficio de espía…, porque eras eso ¿no? Decías que eras un investigador de la policía, Pablo Salerno, o como quieras que te llames. Parece que ahora sos Pedro Sánchez. Como nunca más te vi, no tuve oportunidad de preguntarte. Pero te diré una cosa: he sido muy feliz, tengo dos hijos y mi marido tuvo la puta idea de morirse y ya no tengo ganas de resolver enigmas. Seguramente estarás en algún geriátrico, solo, como loco malo y de puro aburrido me contactaste para no perder la costumbre. Como te creía muerto, me sorprendió que todavía andes por aquí. Te saludo y te deseo que te vayas bien a la mierda. Lucía.


Voy a ENVIAR, me detengo, y echo mano a mi mayor castigo: la indiferencia.


* Liliana Rodríguez es juninense, psicóloga social. En 2015 obtuvo el 2° premio del concurso de cuentos del Colegio de Escribanos de la provincia de Buenos Aires. En 2016, recibió el 1° premio en el concurso literario de SADE filial Junín. Ese mismo año publicó su primera novela Clara miel. Participó en las antologías de Rama Negra: Nuestros cuentos (2017) y Cuatro bodas y un funeral (2019). Participa de los talleres literarios de Rama Negra.

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