El libro blanco, Carmen Mola y la importancia del texto


Por Gabriel Forte*


Rompamos la cuarta pared de entrada (si es que se puede hacer eso fuera del cine y los cómics). Si no leyeron el libro blanco de Seix Barral o alguna de las obras de Carmen Mola, el que sigue es un texto sin spoilers, pero que sí se plantea tomar partido. Dicho esto, les pregunto: ¿cuánto importa el texto de un libro antes de comprarlo?; ¿cuántos de ustedes comprarían un libro sin autor, título y trama visible?; ¿se lo plantearon alguna vez?


Vivimos desde hace algunos años (me atrevería a decir más de una década, pero quién soy para jugar con el tiempo) inmersos en un océano de información. Conocemos vida, obra y desastres de casi todos nuestros objetos de consumo. Y nos guiamos, seamos sinceros en esto, por ese preconcepto de saber a quién leemos, miramos o consumimos.


La cultura se volvió, en cierta medida, un envase con instrucciones. Un medicamento con prospecto, todo para evitarnos el sabor amargo de la incomodidad. Si vemos que tal o cual autor, o tal y cual trama, nos van a hacer sentir fuera de nuestro sillón preferido, lo descartamos sin siquiera darles un vistazo.


Nos atamos a nuestro sillón y dejamos que nos lleven por ese sendero de placer y comodidad que nos regala el algoritmo. No sólo en las plataformas de cine y series el mundo se rige por el bien amado algoritmo, no. Ese es nuestro nuevo Dios digital.


“El algoritmo es bueno, el algoritmo es bello, no hay libertad, olvídate de ello” (sí, los Simpson lo hicieron de nuevo).


En ese sendero de comodidades nos encontramos con dos sacudones. Uno es el anuncio del Premio Planeta 2021: Carmen Mola, o la identidad escondida detrás de tres hombres que vendieron, hasta la fecha, más de cuatrocientos mil libros y se convirtieron en el último tiempo en uno de los best sellers más buscados. La Bestia, la novela que descubrió el truco, se alzó con los 600 mil euros del premio y destapó un mar de hipocresías.


La autora era una ficción más. O un seudónimo de tres hombres: Antonio Mercero, Jorge Díaz y Agustín Martínez. Una linda historia detrás de la escritora de novelas negras. Profesora universitaria, madre de tres (quizá de los tres autores), con esposo y que vivía plácidamente en Madrid. Un ardid, una estratagema, una novelización de la realidad. ¿Acaso no son eso los libros que escribía?, y me vuelvo a preguntar, y les pregunto: ¿está bien usar el pasado a la hora de decir escribía?; ¿dejará Carmen Mola de escribir después de que se descubriera su secreto?; ¿o nos permitiremos sumergirnos en esa doble ficción? En definitiva, lo que importa es el texto, y no quien lo escribe. ¿No?


O en realidad lo que molesta del timo es el hecho de que sean autores hombres fingiendo ser una mujer en una época en la que ser mujer publicada tiene un peso específico.


El caso de la autora italiana Elena Ferrante es diferente. Casi desde un principio se supo que era un seudónimo. Y ese misterio acrecentó aún más el hype (uso el termino en inglés porque se ajusta mejor a la realidad) de su obra. Y como buen best seller ya dio el salto a la gran pantalla. El de Ferrante, en todo caso, es un engaño consensuado desde el arranque.


El libro blanco


En medio de esta polémica, la editorial Seix Barral tenía algo entre manos. Un libro blanco. Sin título, sin autor, sin una sinopsis o una referencia. Nada. Una tapa en la que lo único que se ve es el logo de la editorial (tampoco se iban a perder esa), y un código de barras detrás, que lleva, a las iniciales del autor.


Un libro que apuesta al texto. Y es increíble que eso suene raro, que un libro apueste al texto. Pero en las reglas del mercado el nombre de un autor o una autora, la promoción en redes, medios y donde sea del material, hasta el título mismo, si genera alguna polémica, son factores de ventas. A pesar de que pueda sonar a movida marketinera (algo de eso hay de todos modos), la idea de la obra va más allá de lo que la obra es en sí.


Parece un trabalenguas, lo sé, pero es lo que se siente cuando se llega a la ultima de esas 230 páginas. Ah, tampoco está dividida en capítulos, ni tiene un índice. Son tan blancas esas instancias como la tapa y la contratapa.


Y el libro, no vamos a decir mucho -para que lo lean-, juega precisamente con eso: con que lo que importa es el texto. Lo que dice. No quién, sino cómo, en qué contexto y de qué manera. Eso debería ser lo que realmente valga a la hora de elegir un libro. En este caso el boca en boca, una práctica que sigue siendo efectiva, es el principal aliado de ese bloque blanco que se ve en los escaparates de las librerías.


Mola, Ferrantes, en su momento Richad Bachman (alter ego de Stephen King), y cientos de otros anónimos que andan dando vueltas por ahí, comparten eso con el libro blanco. Pero éste se alza como la evolución del anonimato. No sólo el autor lo es, sino que se juega a que el mismo libro lo sea.


Era hora de que el texto se pondere por encima de las expectativas de los nombres.


*Periodista juninense, lector lúdico. Cinéfilo en construcción. A veces escribe. La objetividad es el peor de los engaños, como mantra.
En Twitter es @gaboforte

Un comentario sobre “El libro blanco, Carmen Mola y la importancia del texto

  1. Agustin Contestar

    Una mirada aguda sobre los tiempos que corren. Y un buen disparador de debates!

    Solo para provocar un poco más: si sos hombre, blanco, heterosexual… quizás necesites un artilugio más para que te publiquen, te lean, o no seas cancelado.

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