«Todo está bien», de Asunción Auzmendi

Todo está bien

Asunción Auzmendi*


Las luces del vestidor me transforman. Me hacen notar cosas que antes pasaban desapercibidas. Pozos de celulitis abajo del culo, arañitas en la parte de atrás de las rodillas. La piel ya no es blanca, ya no parece humana. Se ondula donde debería ser llana, tiene textura donde tendría que ser lisa, es fofa donde debería ser firme.


Me doy vuelta y me miro las piernas, inmensas e interminables en la profundidad del espejo. Me paso una mano por el muslo. El reflejo me imita. Soy yo. Eso en el espejo soy yo. Me toco la panza. Necesito el contacto para que me confirme que soy real. Que eso y yo somos lo mismo.


Miro la malla que me vine a probar, olvidada en la silla. Respiro hondo, y repito que todo está bien, como un mantra. Agarro de nuevo la malla, entera, y al verla otra vez, a las luces del probador, sé que la malla es chica. Que no hay manera que ese pedazo de tela, rojo y débil, abarque todo eso, lo que está en el espejo, que aparentemente soy yo. O al menos es eso que me contiene.


Le pido serenidad a mi mente, un poco de silencio. Cierro la canilla mental de pensamientos, como me enseñaron en el curso de mindfulness. Respiro hondo, está todo bien. El celular vibra en mi mochila, y me acuerdo de las fotos de las vacaciones de Kim Kardashian. Volví a ver el espejo, la cara, las piernas, los brazos. La parte alta de los brazos. Y los brazos de Kim Kardashian.


Vuelvo a cerrar la canilla mental y acepto que mi mente se me fue a cualquier parte. Porque lo importante, había dicho la profe del curso, no es estar 100% concentrado, sino reconocer cuándo es que se nos va la mente. Hacia dónde va. A mí la mente se me fue a Kim Kardashian, y eso a la vez me recuerda a todas las otras fotos de chicas en malla que vi, chicas que no se operaron y sin embargo sus cuerpos son cuerpos y parecen eso, en cambio lo que estoy viendo. Respiro. Todo está bien. No soy mis pensamientos.


Alguien toca la puerta del probador.


—¿Está todo bien? —pregunta la vendedora.


Lo primero que le noté cuando me vino a atender fue el ancho de sus hombros, casi la mitad de los míos. Traté de disimular mientras veía cómo se le marcaban las clavículas mientras me hablaba. Cómo se le hacía ese pocito en la base de la garganta cuando respiraba. Yo lo había intentado imitar en el espejo pero a mí no se me marcaba. Las clavículas tampoco.


—Sí, igual creo que me voy a probar un talle más, ¿puede ser?


—Ya te traigo —dice la vendedora, y me imagino que ella ya sabía que el talle era chico, lo siento en la piel.


Vuelvo a mirar el espejo. Miro la malla, desinflada entre mis manos, como el cadáver de un pájaro que acaban de estrangular. Las manos tuercen la tela de la malla.


La dejo otra vez en la silla y me paso las manos por la panza. En el espejo el movimiento parece foráneo. Aprieto la piel e imagino cómo sería arrancarla, sacar ese pedazo y dejarlo junto al pájaro muerto. La vendedora me pasa la nueva malla por arriba de la puerta. La nueva ofrenda.


La examino. Esta me tiene que quedar. Es un modelo distinto a la anterior, me dice la vendedora desde el otro lado de la puerta.


—En tu talle ya no quedaban en el otro modelo.


“En tu talle”. En mi talle. En mi talle. El posesivo me retumba en los oídos como un disco rayado. Mi talle. Mi talle es este. Yo soy este talle. Este mantel horrible es mío. Porque todo lo feo es mío. Si lo del espejo es mío entonces tiene sentido que esto, esto que ya no es un pájaro sino un pterodáctilo, sea mío.


Respiro y cierro los ojos. Está todo bien. Me concentro en el aire que me acaricia el labio superior, entra por la nariz, me llena los pulmones y vuelve a salir. Abro los ojos.


Agarro la malla y la acerco al piso. Me agacho y paso los pies por los dos agujeros. Como una serpiente al revés, me deslizo esta nueva piel hacia arriba. Las manos me tiemblan, o quizá es la tela la que tiembla.


Engancho los breteles a los hombros, y ahora en el espejo el cuerpo está manchado de rojo. La tela me aprieta por abajo, por arriba y por todos los costados. Trato de imaginarme en situaciones felices, de vacaciones, en la playa, pero lo único que me vienen a la mente son ojos, los ojos de Kim Kardashian que me observan desde una pantalla.


Miro a eso, eso que soy yo, tratando de alejarlo de mí. Qué pensaría si yo no conociera lo que tengo enfrente. Me miro la cara y me encuentro. Me acerco y me miro los ojos. Mis ojos. Me sonrío y me digo que todo está bien.


* Asunción Auzmendi nació en la ciudad de La Plata, Buenos Aires, en 1997. Estudia Traductorado Público en Lengua Inglesa en la UNLP. Le fascinan los idiomas, la manera en que conectan culturas. Siempre le apasionó la literatura, meterse en otros mundos. Le gusta el lenguaje y contar historias. En 2019 empezó a asistir al taller de escritura de Natalia Brandi, donde se empezó a tomar en serio como escritora.

** Imagen de portada: «Mirrors», de Brenda, en https://flickr.com/photos/brendashih/

5 comentarios sobre “«Todo está bien», de Asunción Auzmendi

  1. Lilian Contestar

    Un relato excelente que cuenta con perspicacia y lirismo ese momento íntimo que nos suele suceder en el probador. Espectacular.

  2. Marisa Elizondo Contestar

    Excelente relato!!!!!!! Nos pasa a todas cuando está llegando el verano. Es lo peor de las vacaciones,
    comprarnos el traje de baño!

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