«El chasqui del olvido», por Gerardo Badoglio


El chasqui del olvido

Por Gerardo Badoglio*


Como pocas veces en todos estos años, al amanecer tuve la necesidad de caminar, quizá como una premonición de lo que ocurriría; el camino que supe desandar a lo largo de la historia me ha depositado aquí, en este preciso momento, frente a esta piedra derruida que entre hojas, moho y tierra se deja descubrir tímidamente a los pies de una cruz de humilde herraje. Es abril de 2016. El día y el lugar reflejan un otoño nítido, lúgubre, plagado de colores necróticos y opacos; tal vez como una metáfora del pasado del hombre que yace a mis pies, arrullado por el olvido.


Diviso a un joven caminando por el corredor de piedras y mármoles; lo acompaña José, en silencio, con ese paso aletargado y eterno de hombre mayor con el que día a día recorre y vigila el predio. El joven clava su mirada sobre mí al principio y sobre la misma piedra que hoy me ocupa al detenerse a mi lado. José sigue su camino, rastrillo en mano, mientras nosotros permanecemos hombro a hombro, en silencio, mirando la pequeña cruz que milagrosamente sobrevive al paso del tiempo.


—Ni un nombre, ni una fecha —el joven suspira profundo, algo desilusionado—. Tantas horas viajando, tantas dudas, y solo encuentro una piedra —se friega la cara con ambas manos—, ¿será por eso que terminé estudiando Historia? —ríe irónicamente.


—Yo podría decirle quién es —intervengo sin siquiera saludar—, pero eso solo tendría sentido si usted decide escuchar la historia completa, pues entenderá que un nombre sin su historia no es más que eso, un nombre, una señal minúscula en un universo de señales, y se desvanece muy pronto de la memoria; sé por qué se lo digo—lo miro a la cara para captar su atención, sin ningún éxito.


—Te suplico que me des una señal —el joven suspira resignado, aceptando con algo de pesar, según entiendo, mi propuesta.


—Puedo entender su frustración porque me habitan los mismos cuestionamientos y siento la misma urgencia por dar luz a esta historia. Esto que ve, polvo de aquellos huesos y retazos de aquella mortaja, debe transformarse en un trozo de historia eterna—continuamos en un profundo silencio por otro largo rato, debatiéndonos ambos entre la verdad y esos tantos pasados posibles para esta tumba aparentemente silenciosa.


—¡Vamos, necesito que me hables, que me digas tu verdad! —me interrumpe—. Algo, no sé, un detalle, ¡algo tiene que haber! —se sentó en el piso mirando la cruz, subyugado.


—A eso voy, joven, yo conozco una historia, una oculta, y espero que usted sepa tomarla para su causa, porque la complementa.


—Realmente lo necesito —se toma la cabeza.


—Bueno, si eso quiere… —lo observo y veo que continúa rígido y silencioso como una de las tantas lápidas que nos rodean, y eso me hace pensar que tal vez se trate del ánima mortificada de otro prócer silencioso abandonado, lo cual me causa una emoción particular, un arrebato de alegría y orgullo, pero también una profunda angustia por el olvido al que ha sido sometido y del cual sé tanto—. Podría decirle que aquel 9 de Julio de 1816, en Tucumán, luego de declarar la independencia y como medida urgente, el Congreso comisionó a un joven oficial porteño de tan solo veintiún años que se desempeñaba entonces como ayudante mayor del regimiento octavo. Seguro escuchó hablar de él, se trataba de Cayetano Casimiro María del Corazón de Jesús Grimau Gálvez, un joven al que, convertido a chasqui militar, le fue otorgada la responsabilidad de transportar varios pliegos de papel para entregar en Buenos Aires, entre ellos el acta original de Independencia.


—¡Si supieras cuánto leí, cuánto busqué y cuánto viajé para saber la verdad! —exclama con desdén—. Ahora, ¿qué tiene que ver esta tumba con Grimau? ¿Por qué un dato como este no coincide con ninguna parte de la historia?


—¡Entiendo sus dudas, créame! —le respondo con entusiasmo, porque después de todo, tras tantísimos años, era él quien al fin solicitaba mis palabras, mi parte de la historia—. Cayetano Grimau emprendió la travesía a caballo y armado con un sable roto a la mitad; pero la clave de la historia, mi estimado, es que en realidad llevaba un hombre de escolta en el primer tramo de su viaje, del que no muchos saben. Sí, mi amigo, en esas condiciones viajaba el documento más importante de nuestra historia. El escolta era un oficial salteño, de apenas diecisiete años, llamado Raúl Trucco. Viajaron juntos hasta entrar en suelo cordobés, donde Grimau y Trucco se separaron, y este último partió rumbo a su gloria silenciosa. Grimau, por su parte, continuó el camino hasta la ciudad de Córdoba en absoluta soledad, pero tuvo suerte y logró llegar a salvo. Al llegar le solicitó al Gobernador Cnel. José Javier Díaz, reconocido artiguista y enemigo de Buenos Aires, que le otorgara un escolta para el resto de la travesía, ya que el tramo restante era el más peligroso; el gobernador aceptó sin problemas y le asignó un hombre, pero también desarmado. Fue a poco de dejar Córdoba que se toparon con tres hombres a caballo de los cuales Grimau desconfió inmediatamente, y de mala gana accedió a su compañía; uno de ellos, el líder, se hacía llamar «El Inglés Joice»; ¡imagine usted, viajar con semejante carga y estar con el aliento en la nuca del que se sabe malhechor!, es al menos desesperante.


—¿Cómo puede ser? —el joven historiador se ve confundido—. Cuando dudó, cuando se sintió inseguro, en algún punto del trayecto, en mano de alguien tuvo que haber escondido el acta original, o al menos una señal de ella, no puede haber sido tan confiado—el joven se toma nuevamente la cara con ambas manos— ¿Y si la escondió y no dejó ni una clave para buscar el acta en el futuro? ¡Me niego a creer que Grimau haya sido un necio!


—No lo fue, créame —replico.


—¡Lo único que me trae a esta tumba es una carta de Artigas que ni siquiera sé si es real, y aun si lo fuera, sigo sin entender la relación con el acta. Necesito que las piezas encajen —insiste, caminando de lado a lado como un loco.


—Déjeme terminar, joven, frente a usted hay más verdad de la que imagina —le digo, y en su silencio encuentro el permiso para finalizar mi relato—. Grimau continuó la marcha secundado por su escolta y los tres desconocidos; imagine usted que los nervios no podían menos que calar profundo en el espíritu de un joven, incluso en uno de la valía de Grimau. Fue así que el dos de agosto, aún en tierra cordobesa y a poco de arribar al paraje Cabeza de Tigre, Grimau divisó una galera; se trataba del sacerdote Miguel Calixto del Corro, diputado por Córdoba, quién iba acompañado por una escolta de seis hombres. Grimau vio en la galera la oportunidad de desprenderse de tan nefasta compañía, pero su idea se frustró cuando «el inglés Joice» dijo que también le era preciso alcanzar la galera para entregarle al diputado una carta que debía llegar a manos del Gobernador de Córdoba. Al presentarse, Grimau descubrió que el tal «Inglés Joice» no era otro que José «el inglés» García, soldado de Artigas, quien además se montó a la galera y por largo trecho entabló conversación con Del Corro. Los nervios comenzaban a ganarle terreno al espíritu valeroso del joven Grimau, y unas leguas después tuvo que desviar su camino hasta unos yuyales, apurado por un impostergable asunto estomacal. Y ahí estaba el chasqui de la independencia, en esos menesteres, cuando sintió en la nuca el trabuco que empuñaba «el inglés» García, quien aseguró estar cumpliendo órdenes del diputado Del Corro al pedirle que entregue la documentación que transportaba. El pobre Grimau, sin opción, accedió para conservar la vida y poder contar después, llegado a Buenos Aires, lo sucedido. Con el hecho consumado, a Grimau no le sorprendió que su escolta decidiera regresar a su tierra junto a Del Corro aduciendo que él ya nada tenía por custodiar, o que «el Inglés» García partiera sin prisa y con absoluta impunidad con los documentos. Grimau emprendió rápidamente hacia Buenos Aires, donde la noticia provocó revuelo. Las sospechas apuntaban a Del Corro, por su buena relación con los artiguistas y por su inacción durante el robo; lo mismo ocurrió en Tucumán.


—Es todo tan extraño —el joven se arrodilla junto a la lápida y le quita las hojas secas que la cubrían, dejando en evidencia la endeble marca de las iniciales «RT».


—¡Sin duda! Imagine usted que a pesar de las acusaciones y las investigaciones, jamás se logró demostrar la responsabilidad de Artigas en el hecho, pero sí se halló aquella carta que el propio Artigas envió al cabildo de Montevideo, la misma que lo trajo a usted hasta aquí, en la que informaba sobre una «comunicación» que había sido «interceptada» por su gente en la provincia de Santa Fe. Como Grimau afirmaba haber sido despojado del acta en Córdoba, esta carta no sirvió de prueba para incriminarlo, pero, mi amigo, sí le da la pauta de que los chasquis eran dos y no uno; Grimau y el chasqui secreto, el que realmente llevaba el acta original de la independencia, el que dio su vida por ese documento y, además, algo que nunca nadie llegó a saber y usted puede develar hoy mismo, impidió con su accionar la invasión portuguesa a través de la banda oriental. Ese hombre es el que debe investigar, esas iniciales talladas en la lápida y que usted acaba de descubrir son la pista que debe seguir —preso de mi emoción elevo la voz al punto de gritarle, pero no logro arrancarle reacción alguna.


—¡Tengo que empezar de cero otra vez!, la respuesta no puede ser esta tumba sin nombre, ni fecha ni pasado.


—¡Oiga, no le permitiré semejante afrenta a mi memoria! —el joven levanta la vista como si mirara el cielo, pero sus ojos se clavan en los míos, amenazadores—. Mire —intento recobrar el aliento y ser más cortés—, jamás pensó alguien que yo, a tan corta edad, pudiera llevar con holgura tamaña carga sobre mis hombros; incluso a mí mismo, hoy, a la distancia, me cuesta dar crédito de mi desempeño —los ojos del joven se entrecierran—, pero había tanto traidor intentando destruir el sueño de una patria libre que decidimos mentir y dividir los caminos; Grimau en forma oficial con un acta falsa, y yo en forma secreta, con la verdadera, abandonando desde el llano todo tipo de gloria más allá de la personal, la que aún conservo.


—¡Ni un nombre pude conseguir!, no puedo creerlo —el joven se para, y en un arrebato de furia comienza a alejarse; lo sigo desesperado.


—¡Deténgase, se lo suplico!, no puede irse —no obtengo respuesta—. Frente a usted está el oficial Raúl Trucco, escolta del acta original de la independencia, por la cual juré morir antes de verla en manos enemigas —a pesar de divulgar mi identidad, algo que se me había prohibido, el joven no se detiene— ¡Este soldado dio la vida por su patria hace casi doscientos años en mano de artiguistas, y se merece de usted mucho más que este desaire, le exijo respeto! —insisto, sin éxito.


—José, gracias por todo —suelta al pasar, algo ofuscado, antes de perderse tras la arcada.


—¡Oiga! —insisto por última vez, y sé inmediatamente que se ha ido para siempre.


—¡Estos jóvenes! —suelta el viejo José, al pasar, con una sonrisa socarrona.


Esperé tantos años por aquel que viniera a echar luz sobre esta historia, y a relevarme a mí del deber sagrado que me fue encomendado junto con el acta de la independencia, que albergué en mi corazón la ilusa posibilidad de que fuera este joven, y no otro, quien lograra ese cometido y me permitiera descansar en paz; deseé que fuera hoy, y ahora tal vez no sea nunca. Camino lentamente, quizás muriendo una vez más, hasta esa piedra derruida que entre hojas, moho y tierra, se deja descubrir tímidamente a los pies de una cruz de humilde herraje; esa, mi morada, donde además del documento más importante descansan mi nombre y mi honor, a la espera de florecer en los labios de mis compatriotas y, al consuelo de su recuerdo, ganar esa segunda vida de la que gozaron otros hombres de nuestra historia.


* Gerardo Badoglio es nacido en Junín, Buenos Aires. Estudió Agronomía en la sede juninense de la UBA. Llegó a la literatura como una distracción y terminó convirtiéndose en una necesidad. Sus cuentos aparecieron en la revista literaria y algunas de las antologías de la editorial Rama Negra. Fue ganador de concurso de novela corta “Rody Moirón” con su novela “Mistonga florcita de Lis» (Junín, 2017) y obtuvo distintas distinciones en concursos como “Osvaldo Soriano” y SADE, entre otros.

3 comentarios sobre “«El chasqui del olvido», por Gerardo Badoglio

  1. mariagladysls Contestar

    Interesante relato, que toma datos de la historia, sobre alguien que vivió por una causa superior y lucha contra el olvido, porque no hay nada más triste que la falta de reconocimiento

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