«Darío con D de descuido», de Una mochila muy pesada

Fragmento de “Una mochila muy pesada”, de Natalia Mignacco (Rama Negra, 2020):

Darío con D de descuido

Me sentí responsable al verlo en aquella esquina…

En un segundo año en el que los alumnos se destacaban por su diversidad, tanto en sus conocimientos como en sus estilos de vida, se encontraba Darío.

Se presentaba como un alumno extrovertido, en ocasiones insolente, hasta irrespetuoso en algunas oportunidades. Pero todas esas cualidades no producían un alejamiento de mí hacia él, sino todo lo contrario.

Darío siempre quería tener la razón en cada discusión, en cada debate, en lo que se presentara, él debía tener la última palabra. Así fue como un día le comentó a la señora directora que ellos tenían el derecho de poder salir del salón cuando dispongan, porque les correspondía. Con su postura firme, planteaba que los docentes entraban y salían cuando ellos querían, ¿por qué los alumnos no? La directora le explicó que principalmente era por una cuestión de cuidado y, haciendo oídos sordos a sus palabras, pasó delante de ella y se fue del salón sin ningún permiso.

Junto a un grupo de amigos con características semejantes a él, en algunas clases se hacía imposible explicar, porque en sus charlas intercambiaban insultos de todo tipo, cuestiones personales que pasaron fuera del establecimiento y lo exponían en la clase, frente a todos, para ridiculizar a algún compañero. Esa minoría de alumnos hacía que el salón se descontrolara.

Fui de a poco ganándome la confianza de Darío. Trataba de, en cada oportunidad, hacerle pensar que él podía mejorar, que podía cambiar ciertas conductas y no ser tan agresivo con cada docente y con sus propios compañeros.

En una oportunidad, lo encontré en el pasillo en horario de clases y le pregunté por qué no estaba en el aula. Me respondió que no iba a entrar a escuchar a “esa vieja”. Los alumnos consideran viejas a personas que quizás tienen algo más de veinte años, pero en este caso usaba “vieja” como insulto.

Me quedé con él esperando que llegara mi horario de entrada al salón y le dije que tenía que escuchar a la profe, porque de esa manera iba a ir aprendiendo. Él me respondió que estaba enojado porque su padre lo había abandonado y se sentía rechazado ante esa falta de amor.

Me sorprendí por lo que me contó, pero traté de que mis gestos no obstaculizaran el diálogo que estábamos logrando llevar a cabo. Entonces le dije:

—Pero tu mamá siempre estuvo a tu lado y te crió con valores y mucho cariño.

En un tono enojado y mirándome fijo me respondió:

—No, profe, mi mamá la pasó mal y yo la vi sufrir, él nos jodió la vida —sus ojos brillosos me miraban y lo abracé.

Darío ese día soltó toda esa acumulación de sensaciones que yo atesoré. Entonces entendí sus acciones y traté de justificarlas.

La escuela intervino ante esta situación, ya que su conducta no cambiaba y, aún peor, había comenzado a ausentarse del establecimiento. Su mamá nos demostraba que no podía controlarlo y que no sabía qué hacer en algunas ocasiones. Ella sentía que lo estaba perdiendo y, verdaderamente, yo sentía lo mismo.

Ese año quedó libre y repitió, ya que no se presentó a rendir ninguna de las materias. La escuela le brindaba facilidades para que no perdiera el ciclo escolar, pero él se había abandonado.

El tiempo fue pasando y perdí rastro de Darío. Les preguntaba a sus más cercanos y todos me decían lo mismo: “Darío está perdido”. Me dolía el pecho cuando me lo decían, pero me daba miedo preguntar por qué, quizás porque en el fondo sabía la respuesta.

Una tarde se celebraba en la plaza cerca de la escuela una fiesta a la que asistían todos los habitantes de la localidad. Era la fiesta más importante del año y nadie podía perdérsela.

Caminando por la plaza, observando los puestos de ventas, vi a lo lejos un chico tambalearse al punto de caerse y fui a ayudarlo a levantar. Lo miré y mis ojos no podían creerlo, era Darío.

Con su vaso de alcohol en la mano me dijo: “Profe, que vergüenza que me vea así”. Yo sólo lo mire y lo abracé. Le dije que siempre iba a ayudarlo, pero tenía que volver a la escuela, siempre iba a estar esperándolo.

Empecé a comunicarme por teléfono con sus amigos más cercanos para poder ayudarlo y sacarlo de ese estado. Pero todos me decían que ya no sabían qué hacer porque las drogas y el alcohol habían acaparado todo su tiempo.

Esperé al día siguiente para comunicarme con él por mensaje de texto y le dije: “Me impactó verte así, haría lo que fuera para que termines el secundario y puedas salir de ese infierno en donde estás metido”.

Él me respondió: “Profe, perdón, pero no voy a volver, porque no quiero defraudarla”.

No supe qué responder inmediatamente, pero le dije que no me pidiera perdón, que yo lo iba a estar esperando siempre.

Y así es, no hay inicio de clases en el que no lo espere. Hoy Darío ya tiene 20 años y cada vez que me retiro de la escuela freno en esa maldita esquina en donde él encuentra lo que, quizás, muchos no le supimos dar. Me siento culpable por eso, y le digo: “Siempre te espero”. Él me responde siempre de la misma manera, saludándome con su mano, riendo y asintiendo con la cabeza. Pero aún lo sigo esperando.

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