Sobre flores libres y realidad, por Pablo Vidal.

Acerca de La Clandestina, de Luciano Bevacqua (Milena Pergamino, Colección Milena Clandestina, 2020).

Supe de la revista La clandestina de forma azarosa y un poco secreta, que son otras formas de la clandestinidad. Un amigo y compañero de trabajo me dijo, hace unos años, “hay una revista que se llama La clandestina. No sé dónde se consigue, pero si la encontrás vas a descubrir algo que nunca leíste.” Y luego agregó que su autor era un tal Lucho. Esa era toda la información. Para alguien como yo, que vivía en Pergamino hacía poco, era una tarea difícil (pero no imposible) dar con la revista o con el autor, pero me esforcé. A los pocos días, Lucho me estaba invitando a su casa. Caí un día de semana pasadas las tres de la tarde. Todavía recuerdo el aroma del guiso que nuestro autor estaba cocinando. “Recién llego de trabajar. Soy maestro mayor de obra y albañil.” Me cebó unos mates mientras almorzaba y me contaba todo, sin guardarse nada. Me habló del proceso creativo y de todo lo que lo inspiraba. Escucharlo hablar era escuchar a un idealista, a un artista, pero también a un provocador, a alguien que “molesta” porque lo molestan. Me mostró una mesa de trabajo enorme y blanca, de esas que se usan para hacer planos. Lucho no solo la usaba para diseñar sus trabajos de construcción, sino que también para hacer La clandestina. La mesa de trabajo era la misma para ambas tareas, y espero que ustedes puedan apreciar la belleza de esa imagen. “A la revista la diseño en una hoja grande, después voy a la fotocopiadora y les digo que me hagan unas cien copias reducidas en A4. Luego las doblo y las reparto yo mismo.” En un momento se puso de pie y agarró algo de la parte más alta de un aparador: un toco de revistas La clandestina. “Tomá, leelas, pero después hacelas circular. No te las guardes. Son gratis.” Y luego agregó: “Porque las ideas no se cobran.” El llanto leve de un niño se hizo sentir detrás de una puerta. Lucho entró a una habitación y volvió con su hijo en brazos. Entendí que me tenía que despedir, pero antes le pregunté si había pensado en intervenir su revista o que tomara otra forma con el tiempo. Negó con la cabeza y con la voz: “La clandestina se debe mantener así. Las ideas se van abriendo camino de a poquito.” Nos saludamos con la ingenuidad de quienes planean y creen que tienen todo bajo control. Porque lo que Lucho no sabía (ni yo, por supuesto) era que en el otro extremo de la ciudad, unas mentes inquietas estaban gestando una idea, una idea que, como la de La clandestina, no pensaba detenerse. Esa otra idea sería Milena Pergamino.
Hoy La clandestina, editado por Milena Pergamino, se puede leer también en libro. Es una manera de dar vuelta la lógica clandestina; antes: la revista te encontraba; ahora: los lectores pueden aproximarse a ella. Dicen los editores: “Nuestro desafío editorial no se limita a convertir la revista en un libro, sino a otorgarle difusión en un formato alternativo, y posibilitar su difusión en otros ámbitos.” Sin duda, el desafío está más que logrado, porque cuando leemos el libro aquellos que leímos las revistas (y cumplimos con la consigna de hacerla circular y no guardarnos ningún ejemplar), volvemos a encontrarnos con la risa, pero no la risa del chiste, sino esa risa que es producto de una reflexión inteligente y filosa, ilustrada por los dibujos exactos y las palabras precisas de Lucho que, sin vueltas, le saca el maquillaje a la miseria, a la desigualdad y a otras injusticias y las muestra con la cara lavada. Por otro lado, quienes no leyeron antes la revista, van a encontrar en el libro la vigencia de la realidad, porque como escribe el autor: “Si tuviera que dibujar mis sueños, dibujaría flores libres, campos sin alambrados, hojas que lleva el viento, pájaros, música; esas cosas dibujaría. Pero sucede que no puedo dejar de dibujar la realidad, o por lo menos la que yo vivo, la que me cruzo a diario, mi presente.”

Pablo Vidal es profesor de Lengua y Literatura. Nació en Mendoza el 17 de marzo de 1981, luego vivió en Arrecifes hasta el 2008, año en que se radicó en Pergamino. Es autor del libro de cuentos El Milagro del «Mono” que obtuvo el Primer Premio en la Convocatoria Local – Narrativa 2018, organizado por Milena Pergamino.

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