Tres poemas de Rolo Galante

Estas piezas aparecieron publicadas por primera vez en la edición #21 del folleto de poesía LOS VAMOS A CAGAR A COPLAS (Febrero 2021) que dirige el músico y poeta Pilo García.

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VAGIDO 

 

Ya no recuerdo
qué fue primero,
si la luz del día
o las estrellas
de un cielo sin edad,
si el aire elemental
o el vuelo de los pájaros.
Acaso haya sido,
ahora que lo pienso,
la flor por la lágrima creciendo.
O tal vez, los peces nadando
dentro del silencio mineral.
Sólo recuerdo
que la tierra me contenía
en su matriz,
que en ella
estaba todo lo que era
y lo que aún no había sido,
que por ella crecía,
cambiaba, me transformaba.
Yo estuve cuando
las primeras fábulas
nacieron al amanecer
y quedaron resonando
en el aire las palabras.
Con barro o con maíz
se fue irguiendo la carne,
detrás del velo inicial,
buscando la claridad dormida
en el fondo demorado
de la tarde.

Imperceptible, yo me movía
en la húmeda sombra
subterránea
buscando en el clima
la índole vertical
de mi existencia,
hasta que de pronto estalló
dentro de mi sangre
una sinfonía interminable
de pájaros, de soles y de abejas.
Soy todo lo que crece,
su sustento y causa,
desde las antiguas
piedras que respiran
hasta el amor que me sostiene.
El grito que me habita
al fin partió la tierra endurecida.
Hace mucho tiempo comprendí
que en la sed de la flor
persiste el misterio de la vida.

 

***

 

ACULLICO

 

El tiempo venía desde lejos,
entregándose de a poco.
Hasta que al fin, se les quedaba
anidando en la boca.
Restos de un cielo
que aún no se había derrumbado.
Desde la tierra,
o desde el pan amasado
esa misma mañana,
llegaba el tiempo.
A veces era un río
de aguas cristalinas
que pasaba cantando.
Otras, un pájaro muerto
adentro de una tinaja.
Ellos, simplemente,
lo habitaban,
permanecían en él,
coqueando,
mientras escuchaban
el sagrado silencio
de los siglos.
No estaba en los relojes,
siempre andaba ovillado
en los rincones del mutismo,
por la boca de los hombres
y de las mujeres
que se sentaban en las veredas

o atendían en los mercados.
Y después se iba
hacia dentro, huraño,
como un viento verde
que lleva más de ocho mil años
buscando sus simientes
de compadre,
hasta echar raíces
en el alma de las palabras
alumbradas por la memoria
de los soles.
Conjuro ancestral
que invoca a la Pacha
con hojas de coca y yista.
Pan vegetal
de milenios demorados
espantando el sueño
y el hambre.
En la Puna,
el acullico es el tiempo
que se palpa,
y que se queda enredado,
ahuyentando las soledades
y remediando las esperanzas.

 

***

 

CAMPESINOS DE MORELOS

 

Este no es Zapata,
porque Zapata
no muere.
Los campesinos
de Morelos
fueron paridos
por el silencio
de la tierra.
Arrieros
y labradores
que a lonjazos
de cuero y plomo
han sido despojados
de la historia.
¿A qué compadre
están velando?
Sólo han dejado
las piedras
para sembrar
el maíz, dicen.
Y dicen
que no ha quedado
ni un palmo
para los muertos.

Si no hay Guajardos
que puedan con Zapatas.
Entonces
alguien sentenció:
“Si no hay justicia
para el pueblo
que no haya paz
para el gobierno.”
Y agregó:
“La tierra
es de quien la trabaja”.
Este no es Zapata,
porque a Zapata
no lo matan
las balas.
En Anenecuilco
nació el ejército
insurgente
entre hoguera
y hoguera
levantando el polvo
de los caminos.
Tierra y libertad
fue la consigna
bajo la herradura
de la luna y un cielo
cargado de estrellas.
Este no es Zapata,
porque a Zapata
lo han visto
esta madrugada
montado a su caballo
en Quilamula.

El poco miedo
que en su vida tuvo
quedó colgado
en una tapia
de adobe
de su rancho.
No se puede matar
un sueño
ni el amor
por la madre tierra.
Por eso, este
que van llevando
en mula
desde Chinameca
hasta Cuautla,
agujereado
bajo su sombrero,
no es Emiliano Zapata
que ha muerto.

***

(*) Rolando Galante nació en Rojas, Buenos Aires. Docente y poeta, es también autor de numerosas letras de canciones. Su primer libro Canto de tierra y de pan (Nido de vacas, 2020) fue declarado de “Interés municipal y cultural”, con apoyo unánime, por el Honorable Concejo Deliberante de la ciudad de Rojas.

 

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