«Sandra», un cuento de Juan Guzmán Illanes

Sandra

—El problema son los yankees, porque si no, no es difícil amar, ¿entendés? Pero ellos ponen amar en un pedestal en las películas. El sentimiento inalcanzable, lo deseado. Y siempre al final lo solucionan y hay besos, fuegos artificiales y la estatua de la libertad tiene un orgasmo. Escuchame bolú, tomá el mate y no te rías. ¡Es verdad! ¿Tan dificil es amar? Jesús mandó amar a todo el mundo. Imaginate hacer una peli de esas para cada amante. Besos, fuegos artificiales y orgasmos gargolísticos. ¡Qué bondi! —ceba. Hace espuma. La yerba sube. Se infla e hidrata. Mira y siente el calor del mate en la mano. Le quema y le gusta. Huele el vapor y sorbe.

—¡Está que pela chanchos, chabón! Hirvió el agua, me hubieras dicho. ¿Por eso tardabas? —abre la tapa de la pava— ¿Cómo decía?… ah, yo me enganché en cuanto la vi. Flaca, petisa, vestido largo y floreado como gitana. El pelo lacio castaño. Una musculosa simple blanca y su narizota. En la clase de tango antes de la milonga. Otra extranjera queriendo aprender a bailar. Quise reconocer su acento y me equivoqué. ¿Sos colombiana? Y me dice los gauchos siempre creen que soy de Colombia. Nos dice gauchos a todos los argentinos. Reímos. Pero no hablamos mucho —suena la bombilla. Mate vacío. Ceba. Espuma. Se infla. Quema y lo disfruta. Pasa el mate.

—No hablamos más que de dónde sos. Yo de allá y bla bla. Supuse que la vería después, pero se fue. Y mirá que me quedé toda la milonga buscándola con la mirada. Nada flaco. En una de esas se la describo al profesor y me dice ¿Sandra? Y se caga de risa. Y no me dice nada más. ¿Está más frío, no? —ceba. Poca espuma. Se quemó la yerba. Qué cagada. Quema y disfruta. Huele vapor y sorbe.

—Luego de fumarnos unos, horas después recién me suelta el profe que guarda con Sandra. Me cuenta que es una histérica y que se la cogió cuando ella tenía dieciséis, pero después se puso mística, me dice, como que había cambiado en algo. Más espiritual —vacía un poco la pava. La llena de agua fría y la pone al fuego de nuevo.

—Qué se yo, viejo. No era la primera vez que alguien se enamora a primera vista, ahí hubiera quedado.

Cuando me estoy yendo de la milonga, en la puerta me dicen que dejó su número para mí. ¡Imaginate mi sorpresa! ¡Mi alegría! Quise esperar al día siguiente, pero de la ansiedad terminé llamándole y ya eran las tres de la madrugada. Por suerte contestó, no dormía. Ahí nomás nos largamos a charlar. Horas sin parar. Días hablando. ¡Qué mina encantadora! —llena el mate con yerba nueva. Lo agita boca abajo y al volver deja la yerba cuidadosamente inclinada 45 grados. Observa el círculo de polvillo verde que le quedó en la palma de la mano. Se limpia en el pantalón. Mira la mancha de polvillo verde en su pantalón—. Su nariz era lo más lindo. Te reís pero es así —mira el agua. Vierte un chorrito en el hueco de la yerba. Mete la bombilla. Hace lugar para el agua. Vierte otro chorrito. La yerba absorbe el agua tibia. Así no sufre gran choque térmico. ¡Bien!

—Estudiaba medicina, pero también quería bailar y ser escritora. Cuestión que hacía de todo y le ponía onda —Agua lista. No hirvió. Vierte. Espuma. Quema. Disfruta la quemazón. Huele vapor y sorbe—. Yo como un gil sólo de fútbol o motos podía hablarle. Pero se interesaba y me escuchaba. Cuestión que ya fue. Yo estaba enganchado y se lo daba a entender entre líneas. Obvio que ella debía pensar como peli yankee y para no asustarla sólo le decía cosas como qué genial sos, e incluso me atreví a decirle ¡Cómo no te conocí antes! Bastante atrevido frente a sus simples gracias, o qué tierno sos… o eres, decía ella —ceba. Mucha espuma. Quema y le gusta. Pasa el mate—. Recibía mis cumplidos con gusto. Los provocaba, lo sé. Pero nunca una vuelta. Nunca un yo también.

Al final le propongo que nos veamos. Dónde. Al cementerio de Recoleta me dice. Loca, ¿no? Pero la iba a ver, así que hasta el infierno capaz iba. Cuando bajo del colectivo y la veo, ¡Qué linda mina, chabón! Su narizota, lo más lindo —ceba. Mucha espuma. Quema y le gusta. Aprieta el mate con las dos manos. Huele el vapor y sorbe. —Caminamos por Recoleta. No quería entrar al cementerio. Rarísimo, pero yo ni pelota. Chocho imaginate. Haciendo honor al ambiente nos pusimos reflexivos sobre la muerte. La tenía tan pensada. Mirá que yo soy depresivo, pero nunca la pensé tanto como veía que ella la tenía pensada a la muerte. Macabra bolú. Pero la pasé bien.

Luego la acompaño a su casa y te juro, cero romance en el aire. Ella estaba taciturna—ceba. Espuma suficiente. Un mate bien cebado dura. ¡Qué placer! Le quema y le gusta. Pasa el mate—. Y yo como idiota que soy atino a querer besarla. Tanto critico a las películas yankees y al final hago eso. Ella corrió la cara, me miró y se rió. Pero no fue tan humillante como creés. Fue más que nada una risa triste. Chau nos vemos en la clase, me dice y entra. Y a mí lo único que me daba vueltas la cabeza era: en la clase, en la clase. Otra oportunidad capaz, viste. Le llamé al día siguiente. Que qué lindo la pasamos. Que no espero a verte de nuevo —ceba. Suficiente espuma. Con la bombilla de alpaca empuja la yerba hacia arriba, así se mantiene la mayor cantidad posible de hojitas secas. Secreto para buen mate. Le quema y lo disfruta. Sorbe —pero cuando nos vimos, chabón. ¡Hacé de cuenta que ni me conocía! Yo me acerqué montón de veces pero me esquivaba. No aguanté y me fui a la mierda. Qué te puedo decir. Es feo que lo esquiven a uno. Seguro el profesor se dio cuenta y lo que se habrá cagado de risa, como diciendo yo se lo advertí —ceba y se hincha la yerba. Espuma suficiente. Acomoda con el índice la yerba que quiere salir del mate. Huele el vapor y lo pasa—. A eso de las dos de la mañana me despierta una llamada, y ¿quién era? Sandra, bolú. Llorando. Así como te cuento. Yo quería ir a su casa, pero no. Que por llamada nomás. Y ahí me suelta lo de su enfermedad. Que sabía que en mí podía confiar. Nunca le había dicho a nadie pero que también siente por mí y no quiere que sufra y por eso… yo imaginate, no podía creer y al mismo tiempo entendía todo. Hoy en día, le decía, hay todo tipo de curas. Pero que no quería vivir así decía, que eso no es vida decía. Quedate tranquila, yo. Gracias por confiar. Te quiero, y yo a ti, me dice con su acentito tan lindo. Pero mi eje ya no era el amor —ceba. Espuma… menos. Quema y le duele. Sufre. Sorbe.

—Al día siguiente le pedí a Diosito. Un día entero rezando por ella. Él tenía que salvarla, la fe mueve montañas dice, viste. Y ahí fue mi error, que al final del día le llamé y se lo conté muy contento. Le va a parecer tierno, pensé. Pero se enojó. No quiero que me tengas lástima, me dijo. No tienes que pasarte el día rezando por mí. Te agradezco, me decía, pero no te conté para eso. Y de nuevo en la clase de tango como si no existiera… miento, porque me saludó —ceba. Menos espuma. Empuja yerba. Quema y sufre. Pasa el mate—. Cuando quise insistir es que me ignoró de nuevo. Me dejó de contestar a los mensajes y llamadas. Así que dejé de ir a la milonga. Para hacerme extrañar entendés. Pasaron un par de meses que para mí fueron eternidades. Pero me aguanté, en serio loco. Me costó viejo, estaba enamorado.

Cuando una de esas le vuelvo a escribir. ¡Qué sorpresa!, me dice. Y ahí me larga que andaba ahora de novia. Con un tal Fabricio. ¡Podés creer ese nombre careta! Ya lo vas a conocer a Fabricio. ¡Que Fabricio es un hombre maravilloso! Te va a caer bien Fabricio. Fabricio, Fabricio, y la puta que lo parió a Fabricio. Yo me quería matar.

No la llamé más, la bloqueé de todas las redes sociales. No quería saber nada, ya van a hacer dos años —ceba. Mira el mate en silencio. Poca espuma. Flotan algunos palitos. Quema. No tolera la quemazón. Sorbe—. Yo sé que fue egoísta. Motivo para enojarme no tenía, si en realidad nunca nada… pero te juro viejo que no la pude sacar de mi cabeza. Como una espina en las tripas mejor dicho.

Ya hace un tiempo le quise escribir pero creo que cambió de número. Quiero intentar de nuevo, y si no aunque sea su amistad. Existe eso de la amistad entre mujer y hombre. La extraño. Cuando se quiere en verdad es así, ¿no? —ceba—. Y de repente sos vos quien me viene a hablar de ella. No sabía siquiera que la conocías —cero espuma—. Es tu amiga entonces, ¿cómo está? —no acepta el mate—. Yo contándote todo esto, boludo. ¿Sigue con ese tal Fabricio tan milagroso? —tiembla la mano que sostiene el mate— ¿Por qué llorás?

 


Juan Guzmán Illanes es músico y nació en Cochabamba.
Su primer libro se llama “Sobre un escenario improvisado” y fue editado en formato físico y digital por Editorial Rama Negra en 2020. Allí reúne un conjunto de cuentos que hablan de Bolivia desde la raíz misma del país, desde sus costumbres y paisajes.
Este cuento, “Sandra”, recibió el primer premio en el concurso “Concepción Arenal Ponte 2020”, organizado por el departamento de Cultura del SPB.

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