«Tenga cuidado con los que vienen detrás de mí», de Hernán Carbonel

 

 

 

–Disculpe que vaya tan rápido.

No mentía; era mucha velocidad para mi gusto. En las primeras cuadras, nomás, después de cruzar las esquinas de manera casi suicida y esquivar por poco un par de autos, me di cuenta de que a gatas podría seguirle los pasos.

El tipo era bajito, descarnado. Tenía una nariz como cortada a cuchillo y los ojos hundidos, los labios finos, el pelo muy lacio.

–Pero no se me venga abajo –agregó en relación a las gotas de sudor que aceraban mi cara–. El cansancio es sólo una metáfora de lo inalcanzable. Pero séqueselo. A ver si se me resfría…

Me le acerqué un poco, ya en la vereda, bufando.

–Si quiere bajarse, hágalo; nadie se lo va a reprochar. Póngase contento, sepa que nadie puede seguirme hasta el final.

Lo miré como quien canta envido con veintitrés.

–Las épocas de vacas gordas no existen –comentó entre exhalación y exhalación-. Y encima son ajenas.

Así seguimos un rato; él en lo suyo, yo pensando en nada en particular. Nuestros pasos construían un contrapunto perfecto, trancos que eran la única música que nos salvaba del murmullo del mundo.

Cruzamos una plaza, otras calles que parecían interminables. Yo sabía que, aunque insistiese, no podría recorrer más que una mínima parte del camino que él tenía por delante. Esa certeza se volvía agobio en los músculos.

–Pero no se ahuyente por mí, nada más, eh –volvió a hablar, mientras dejábamos atrás una heladería–. Detrás de mí vienen otros.

Y así, al trote, entre respiro y respiro, me advirtió:

–Tenga cuidado con los que vienen detrás de mí.

Me detuve. Lo miré. El tipo jugaba con el misterio. Tuve ganas de gritarle algo duro, inexorable, que lo obligase a ponerse en guardia, aunque más no fuera por falsa alarma, pero me vi en la obligación de volver a correr. Me había sacado casi media cuadra y no podía darle tregua. 

Metí una carrerita corta a sus espaldas.

–¿Me espera? –le grité, para probarlo.

–No puedo, pibe, no puedo. A mí también me vienen siguiendo.

Y en sus ojos se deslizó, deteriorado, algo parecido a una sombra del hartazgo.

Al cabo de tres o cuatro vueltas a la manzana –no entendí el porqué del rodeo– volvió a hablarme.

–¿Usted siempre persigue a desconocidos?

Pensé en la posibilidad de jugarme entero, de mostrar las cartas, pero opté por guardarme el truco para más adelante:

–Siga corriendo –dije–, que si no me aburro.

Dos autos nos pasaron finito en una bocacalle.

–No se crea que yo no me aburro, eh. Pero déle, metalé –dijo– que en el semáforo se viene el rojo y eso para mí sería una catástrofe. 

Sus palabras me sonaban a fraude. Cruzamos el semáforo sin ningún problema.

–¿Sabe usted acerca de las discrepancias que crean los semáforos? – dije–. Los pintores aseguran que la conjunción de rojo y amarillo converge en el naranja; en cambio, los automovilistas, aseguran que tal alquimia acaba en la inmediata presencia del verde. ¿Qué me cuenta?

–Nada interesante. La pintura no es lo mío.

Quedó ahí.

Ya en la cuadra siguiente el flujo del tránsito cesó, se podía disponer de más espacio y recuperar el aire. Pasamos frente a una remisería; sentí la tentación, pero al fin me abstuve. La vida se me iba en sudor. Sostuve una vez más la intención de detenerme; quizás por hábito, quizás por apatía, seguí camino. 

Atravesamos el resto de la ciudad y, a medida que nos acercábamos a la periferia, podían apreciarse en lo alto los densos nubarrones gris violáceo de una tormenta, firmes en el horizonte.

Anduvimos en silencio unos metros más. Sentía los pulmones achicharrarse y las piernas volverse hojitas de calcar. 

Cuando el panorama se tornó definitivamente desértico, retomamos el diálogo.

–Qué quiere que le diga –principió–. Las palabras en estos casos están un poco de sobra, ¿no? Pero… con algo hay que llenarse la panza. O la boca. Vivimos de pretextos o de justificaciones, mi amigo –y se echó un jadeo corto.

Me jugué a cambiar de tema.

–¿No le duelen los pies de tanto correr? Digo, por ahí tiene pie plano y nunca se dio cuenta. Eso lo va a termina jodiendo a largo plazo.

–No se me quede en un solo verbo. Correr… Mire, si quiero… –y aminoró la marcha, casi a paso de caminata. 

El mundo pareció dar un giro completo sobre sí mismo.

–Yo propongo la muerte del verbo –continuó, reanudando la carrera–. ¿Sabe la cantidad de ñatos jactanciosos a los que he visto morir a mis pies? Uno no se acobarda, pero desconfía. Es demasiada historia para tantos giles.

–¿Y si tropieza? –Me miró de soslayo, entre indiferente e intrigado–. Me refiero a qué pasaría si usted tropezase y se fuera de jeta al suelo.

–Sabe que varias veces lo he imaginado. Pero bueno, es la contingencia, el imponderable.  Me causa risa de sólo pensarlo. Aunque sé que, de optar por el estatismo, comenzaría a hacerme una serie de planteos de los que, para serle sincero, no me salvaría ni la penicilina. Más vale seguir camino.

Anochecía. El aire comenzaba a entibiarse. El campo era un paisaje límpido y la tormenta seguía prometiendo desde el horizonte.

–Oiga –dije–, ¿qué tal si andamos un rato en zigzag? Esto se está poniendo aburrido.

–Ya lo ve, se lo dije. ¿Entiende ahora por qué la gente no puede seguirme? No es que les falte capacidad; les falta constancia. No puedo desviarme mucho, sabe. Hay cosas que dependen de mí.

Saltó ridículamente un pocito.

–¿Usted no hace analogías entre sus pasos y el sentido de sus pasos?

–Déjese de joder, mi amigo. Eso queda para los mortales. Le podría decir que tome un libro cualquiera de una biblioteca cualquiera y lo resuelva usted solito. 

–Mire… me estoy cansando…

–Cosa suya.

–Me estoy cansando, pero aun me quedan un par de preguntas.

–En todo caso, demasiadas.

Intenté articular una frase, pero volvió a interrumpirme.

–¿Sabe qué pasa? Todo aquel al que se le ocurre seguirme se queda con más dudas que alumbramientos. 

Me retrasé un poco, como para hablarle desde atrás.

–Usted está dale y dale para adelante, pero hace omisión de su pasado. El pasado está, existe, continúa; es, siempre.

–Déjese de discursos baratos. Mire hacia atrás

Miré hacia atrás: vacío total. 

Él esquivó unos cardos y dijo:

–Ahora vuelva a mirar.

Volví a mirar. La ciudad se extendía, lejana, alta y difusa.

–Lo suyo es puro humo –agregó.

–¿Qué dice? – Me sentía, ahora sí, realmente fatigado, maltrecho en mi penuria de viajero en el desierto.

–No se haga el que no comprende –prepoteó–. ¿Usted cree en los milagros?

–¿Por qué?

–Pregunto…

–No soy practicante, ni siquiera creyente.

–No me refería a la fe religiosa. –Hizo una pausita, dio un salto corto–. Usted no comprende porque no quiere…

Tomó velocidad, levantó polvillo y se me escapó unos metros. Desde la retaguardia le grité:

–¿A que no sabe qué estoy pensando en este momento?

–¿Quién le dice que necesito saberlo?

–¡No lo sabe! ¡No puede saberlo! Porque estoy a sus espaldas, y a usted no le importa más que el horizonte. Vaya con el sol, nomás. Deja bastante que desear su epílogo.

Y me clavé como una estatua en la llanura.

De un segundo a otro comenzaron a caer las primeras gotas. El campo olía a tierra mojada y a azufre sofocado. Forcé la viste y pude divisar los restos de esa espalda flacucha, atlética alejándose en la inmensidad. Volví la cabeza hacia la ciudad y me quedé viendo qué sucedía en aquel lugar desde el cual vendrían aquellos con los que también había que tener cuidado.

 

***

El autor: Hernán Carbonel nació en Salto, provincia de Buenos Aires. Es colaborador del suplemento literario de La Gaceta de Tucumán y la revista Acción Cooperativa. Coordina talleres de lectura, lleva adelante un club de lectura (https://codaclubdelectura.blogspot.com/) y produce y conduce programas de radio. Ha trabajado como bibliotecario, promotor de lectura y en la gestión pública, y colaborado, también, para varios medios gráficos y digitales de turismo, cultura e interés general. Algunos de sus cuentos integran diversas antologías.

Publicó los libros Antiguos dueños de la tierra (junto a Mario Méndez y Jorge Grubissich; Ediciones Amauta), El chico que no crecía y otros cuentos (Galerna Infantil) y la investigación periodística El caso Arroyo Dulce, con prólogos de Antonio Dal Masetto y Sergio Pujol.

.

.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *