«Los mimos», un relato de Amir Abdala

 

 

 

“Imagínate estar allí abajo –dijo Olive, escrutando
la negrura del pozo-, imagínate dando vueltas allí,
como un ratón en una rueda, tratando de aferrarte
de las paredes resbalosas, con el agua entrando en
tu boca, y mirando hacia arriba para apreciar el cielo
apenas como una mancha diminuta”.

William Jacobs. El pozo.

 

La visual del lugar era agradable. A pesar de que mantenía una oscuridad casi absoluta, se podía apreciar el lujo en conjunto con sus detalles. La cuota, de por sí costosa, escondía un acuerdo de confidencialidad que aceptaba a no más de cinco personas por el resto de sus vidas. Entre otros puntos, el contrato desarrollaba una serie de pautas donde, por ejemplo, cada interno de la denominada “Sección oculta: sótano” podría desenvolver sus actividades normales sin la pretensiosa mirada de un supervisor. Bajo este concepto de privacidad, el régimen de visitas (exclusivo para familiares íntimos) se organizaba el primer sábado del mes a las siete de la tarde. Asimismo, el asilo se encargaba de ofrecerles a los pacientes atención, confort y detenido cuidado en todo lo que necesitaran para agudizar sus condiciones de placer.

La Marcha Fúnebre (entre otras piezas clásicas) los despertaba, como primera medida de seguridad emocional, a las once de la mañana. Durante las horas siguientes, aunque cada uno se esforzaba por retomar el sueño, repetían hostigados en sus mentes el ritmo de las notas que amplificaban los espacios comunes, acorde a la velocidad de los intérpretes. Cansados y solitarios en sus recuerdos, retomaban indefensos sus viejas costumbres. Lo notorio de las decisiones en las que se enfocaban recaían en sus individualidades: uno jugaba al ajedrez y el otro leía; una pintaba y la otra escribía. Jamás concordaban ni unían sus actividades. Nadie tenía derecho a exigirles nada porque, de los cuatro, ni uno solo levantaba la voz protestando por hambre, frío o sed. Desde esa posición soñaban: a veces, con sus hijos; y otras, con sus pasados. Pero, en general, el desinterés aumentaba y caían en el olvido de ellos mismos, perdiendo las ganas de comprender por qué todos sus esfuerzos habían declinado; sepultándose en esa bóveda repleta de comodidades y objetos inservibles.

De a poco se fueron acostumbrando a que sus cuerpos, en la realidad de alquilar una subsistencia bajo tierra, eran unas simples burbujitas de detergente que la gravedad, el viento o los dedos de Dios reventaría.

 

Sus debilidades se complementaban con la escasez de sus palabras. Aunque la música sonara por horas, en ellos cuatro la necesidad de comunicarse o de razonar alguna observación estaba vedada por los sentimientos que creían controlar en y con el silencio. Además de ciertas carcajadas que resonaban huecas y a merced de sus destinos, vagaban por su cuenta entre las sombras de los largos pasillos decorados con mármol, marfil, jarrones chinos, porcelanas persas y alfombras bordadas en oro adquiridas en Oriente Medio. También contemplaban, ciegos por la abstinencia, los cuadros en el “Salón de Arte”, donde sus fotos colgaban estratégicamente formando, con total precisión, unas líneas cronológicas que marcaban los hechos importantes de sus logros sociales: títulos universitarios, viajes por el mundo, casamientos, hijos, hijas, bautismos, recortes de entrevistas y más. Tal estallido de impotencia los hacía sentir vulnerabilidad y abandono. Sus voluntades estaban vencidas. Ya no se culpaban ni trataban de justificarse.

La indiferencia siempre había sido parte de sus futuros. Ninguno se consideraba indispensable, excepto cuando sentían caer la noche en el cielo raso de yeso esculpido con imágenes religiosas.

Sus millones, sus prestigios, sus largas carreras académicas, sólo habían sido la excusa para no escucharse ni escuchar. En definitiva, los deseos satisfechos e incrementados por el hundimiento de otras personas revolvían, en la miseria que habitaban, la vieja paz interior que tanto supieron esquivar. El éxito los consumió, como a los niños que, al hacerse mayores, son alentados con las palabras: “Inútil, basura, inservible”. Quien los observaba desplazarse en el arrastrar de sus pies descalzos, no podía eludir la sensación de derrota y de lástima que los envolvía. Entre la verdad de esos entes, alguna vez hubo una historia que contar o una sonrisa que recordar. Lo poco que hacían pasaba desapercibido. No importaba quiénes habían sido, a qué se habían dedicado ni por qué sus familias se habían desligado de ellos. Lo único aceptable se rebajaba ante una pena definitiva, igual al ser que encuentra la felicidad en el último minuto de su existencia.

 

El espectáculo contaba con dos clasificaciones: sórdido en la moral de los adultos y atrapante en el desprejuicio de los niños. Los límites, evidentemente, no eran las reglas. El comienzo los sorprendía cuando la llama de una vela alumbraba el centro del zoom rectangular. Para ese entonces, las cortinas se encontraban descorridas y el vidrio de acrílico brillaba entre la penumbra que se traslucía y los familiares que ansiaban compartir la presencia de sus padres y madres, esposos y esposas, sentados en unas butacas de cine de primer nivel: asientos reclinables, anchos, acolchonados y forrados con piel de elefante.

A medida que las pupilas se acostumbraban a la tenue densidad de la luz, Rosa se mostraba inclinada sobre unas botellas pequeñas que parecían contener agua. Su quietud era admirable pero no por su tranquilidad, sino por su postura de gárgola. A su lado, Ramiro sorbía, en tragos demasiados cortos, el líquido transparente desde el pico de la botella. Del otro lado, con el pelo lacio y suelto que le llegaba hasta la cintura, Sonia hamacaba en la pose vacía de sus brazos a nadie en particular, aunque, por el llanto de su esposo abrazando con ternura a su hija, daba a entender que ella aún seguía extrañando la sensación de aquella bebé (que ya tenía siete años y ningún recuerdo de su madre) tan deseada por ambos. En ese instante, Sonia soltó de golpe a su bebé imaginario y también bebió desesperada del vaso que Roger (tal vez el más inquieto de los cuatro) le servía hasta hacerlo rebalsar. Por la manera de tragar, la esposa de Roger se percató de que lo que tomaban no era agua, sino alcohol etílico. Logró contar quince botellas en total, de las cuales sólo quedaban siete llenas. Después de asegurarse de que el numerito teatral no duraría demasiado, sonrió. Su economía estaba segura.

 

En el ambiente se respiraba ansiedad. Los padres y las madres ahogaban los gritos o las quejas de sus hijos amenazándolos con dejarlos ahí si no se callaban. Encontraban la satisfacción de estar haciendo lo indicado y de la mejor manera posible. Sabían que ninguno de los cuatro les devolverían las indirectas o los gestos de asco, vergüenza y lamento. Se excusaban en los perdones que siempre quisieron dedicarse, pero que nunca pudieron ni tuvieron el verdadero valor para hacerlo. A veces, los que controlaban y organizaban las reuniones mensuales, les advertían a los visitantes que pasada la hora de función debían retirarse. Agregaban que el que pusiera alguna objeción, pagaría la multa que figuraba en el punto nueve del contrato. También, antes de entrar, les informaban, mediante una reunión grupal, que el trabajo que llevaban a cabo los iba matando rápidamente con su propio alcoholismo. La frase textual e implementada para prosperar la tranquilidad de quienes habían abonado en efectivo el tratamiento completo era: “La adicción es como el sexo, señoras y señores: explicarlo sería una estupidez”.

La singularidad se transformaba en un discurso contradictorio y, para algunos, difícil de digerir. Dadas las características, el escenario, junto a sus actores, vislumbraba un desenlace más que predecible. Rosa trató de pararse, pero se desestabilizó y cayó de espaldas, dándose la cabeza contra la pared y quedando con la boca abierta en el piso de parquet. En la otra punta, Sonia y Ramiro se divertían tomando “fondo blanco” de unos vasitos de cristal, mientras se apoyaban pálidos y desenfocados en el acrílico, de frente a los familiares. Roger, que en todo momento permaneció caminando y girando en círculos con su delantal gris oscuro, se tocaba el corazón con el dedo índice, señalaba hacia arriba, juntaba las manos en modo de rezo, se tapaba las orejas y negaba desesperado.

En el aturdimiento que parecían apagarse, la hija de Sonia le dijo a su padre:

-Son como mimos, papá.

El padre, reflexivo, le contestó:

-Peor, mi amor. Estos ya no lloran.

De repente, un hombre vestido de traje blanco apagó la vela de un soplido, corrió las cortinas y levantó la púa del megáfono que había estado sonando con explosiones de fuegos artificiales, sólo audibles para los internos. Tres enfermeras ordenaron a los cuatro martirizados. Los llevaban, sentados en sillas de rueda, a sus respectivas habitaciones. Mientras tanto, los familiares se retiraban orgullosos por un lado y confundidos por el otro, pensando en la educación que trataban de inculcarle a sus primogénitos sobre las adicciones, los excesos y las consecuencias de…

En lo inconcluso, todo final (literario o literal) representaba, por intempestivo que pareciera, el camino de un desierto por pasar.

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El autor: Amir Abdala nació en Rojas (Buenos Aires) en 1990. Escritor autodidacta es autor de los poemarios Hay un poema dormido, hay un poeta despierto (Imaginante, 2015), Lo único que pasa es lo que no se recupera (Imaginante, 2016) y la novela El vértigo de la felicidad (Nido de Vacas, 2018).

(*) «Los mimos» es un relato inédito y fue seleccionado para la participar de la Antología Literaria Digital Nro. 56 (Octubre 2020) de la revista El Narratorio.

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