«Súcubo», un relato de Luciano Molina

El cuento “Súcubo”, de Luciano Molina, fue publicado en la Antología Regional de Cuentos de Rama Negra en 2018.

 

 
Por aquella época, para mí Junín era las noches de calor, los campeonatos en el Newbery, las salidas a Long Time y las madrugadas de videojuegos con la compu. Y, sin embargo, si hoy me preguntan qué recuerdo de mi adolescencia en la secundaria, lo primero que se me viene a la mente es lo que le pasó a mi amigo Sacha.

Esa noche habíamos salido de la cancha y desandábamos el camino hacia el internado. Yo no paraba de repasar el partido perdido y despotricaba contra el árbitro mientras que Sacha permanecía en silencio, cabizbajo, como preocupado. Lo atribuí al campeonato escapado y seguí reviviendo jugadas. Cruzamos Rivadavia, subimos el camino del andén hacia el Pasaje La Porteña y nos dirigimos a la Plaza del Ferrocarril. De pronto Sacha se detuvo en la vereda de la estación. Yo seguí distraído unos metros más hasta que me di cuenta y me volví hacia él. Mirando sigilosamente hacia la plaza, mi amigo se había sacado la mochila y hurgaba dentro. Además de las agarraderas, vi asomarse del interior lo que parecía ser una pinza para cortar metal, de esas que usábamos en el industrial. “Ahí está”, me dijo, pero hablaba para si mismo, siempre con los ojos fijos y entornados hacia algún punto de la plaza. Seguí la línea que proyectaba su mirada temerosa y entonces la vi. Había buscado la zona más oscura, estaba apoyada contra una planta, la cabeza cubierta con una capucha, fumando con tranquilidad, era la única persona que estaba en esa plaza a esa hora.

–La contacté hace unas semanas por el MSN y me dio vuelta la cabeza –me confesó con voz temblorosa. Y antes de que pudiera preguntarle algo, salió caminando en su dirección. Lo seguí intrigado, entendiendo que era la primera vez que Sacha iba a encontrarse con una mujer. Por más extraño que pareciera, era una novedad que no podía perderme. Nos faltaban unos metros para alcanzarla cuando tiró el cigarrillo al césped y lo aplastó con desprecio. Después, sin mirarnos, soltó: “Te dije que vinieras solo”. Me impactó su voz segura, aunque más, su palidez, su cabello teñido de negro azulado y su ropa exageradamente oscura. “Está bien, yo ya me voy”, dije y después le guiñé un ojo a Sacha haciéndole señas para que más tarde me escribiera.

Me fui al internado un poco feliz por la suerte de mi amigo sin imaginar que horas después iba a estar escuchando su relato desesperado. Porque, sí, más tarde Sacha se apareció y golpeó la puerta a las tres de la mañana. Sin parar de llorar, y utilizando el inhalador para el asma en forma compulsiva, me contó detalladamente lo que había ocurrido con esa chica apenas lo dejé.

–¿Trajiste todo lo que te pedí? –fue lo primero que preguntó Mariana. Sacha asintió con la cabeza, de los nervios las palabras no le salían–. Genial, entonces seguime –agregó y comenzó a caminar rumbo a la zona de los galpones ferroviarios. Sacha permaneció parado, estudiando su trayecto, imaginando posibles destinos finales. Sabía que los talleres estaban abandonados, pero tenía entendido que era una zona vigilada por serenos. Se tranquilizó imaginando que Mariana sería la hija de alguno y tendría un espacio acorde para que pudieran estar solos. Aun así, ¿para qué le había pedido la linterna y la pinza corta metales?

Caminaban sobre los durmientes, sorteando rieles, inmersos en una oscuridad porosa. Alrededor, lejanos, los faroles de la calle parecían gotas de agua, pequeños lunares amarillos que no lograban penetrar el alambrado perimetral del predio. Cuando les costó visualizar el terreno y comenzaron a trastabillar entre los durmientes, Sacha sugirió encender la linterna. “Todavía no, nene, es peligroso”, dijo Mariana con esa voz metálica que dejaba entrever, quizás, un resentimiento atávico. Hacía dos semanas la había agregado al chat y esas respuestas herméticas, lejos de espantarlo, lo habían entusiasmado. Al principio pensó que era una broma de sus amigos que se hacían pasar por una pretendiente para molestarlo, pero cuando le dijo que iba al Comercial quiso comprobar que fuera real y la esperó a la salida. Entonces le pareció verla a la distancia, sin acercarse porque por vergüenza no se atrevía. A partir de aquel día Mariana dejó de ser una hipótesis y se convirtió en lo más real que le había pasado. Luego de horas de chatear habían convenido encontrarse en esa plaza. Mariana puso algunas condiciones extravagantes, sin embargo, le había prometido cosas lujuriosas que convertirían esa noche en la única aventura que había tenido.

Cuando Mariana se pegó a la pared de chapa de uno de los galpones, Sacha la imitó. Trataba de calcar cada paso ya que Mariana parecía conocer a la perfección el camino, como si ya lo hubiese desandado. Caminaron estampados a la pared por la luz de luna, furtivamente dibujados. El aire caliente tenía el gusto aceitoso de los talleres. Doblaron la esquina hacia un pasillo angosto que se formaba entre dos galpones. Allí, al resguardo de la oscuridad más absoluta, Mariana le pidió que encendiera la linterna. El haz de luz iluminó el final del pasillo donde una cortina de metal cerraba el paso. La alcanzaron y Mariana le señaló el candado. Del otro lado una escalera conducía a las brumas de lo que parecía ser un túnel.

–¿A dónde lleva esto? No sé, no sé si quiero ir –advirtió Sacha con cautela pero sin dejar de buscar en la mochila la pinza para cortar el candado. Era cierto que se debatía entre el deber y el deseo, aunque sobretodo no quería decepcionarla. Mariana sonrió, lo tomó del rostro y le dio un beso inesperado. El primer beso que Sacha había recibido en sus diecisiete años. Apenas Mariana se separó Sacha cortó el candado y corrió la reja. Descendieron hacia el túnel húmedo y sofocante. La luz de la linterna parecía ser engullida por la oscuridad.

–¿Qué es este lugar? –preguntó Sacha.

–Los túneles llevan a varias salidas: la Municipalidad, la Comisaría, el Museo, entre otros lugares. Hay que prestar atención porque se bifurcan mucho. ¿Ves esas marcas en la pared? –preguntó Mariana señalando a un costado. Sacha iluminó el sector: la pared de ladrillos a la vista alguna vez había sido blanqueada con cal.
Intermitentes, varias pinceladas de color rojo la cruzaban.

–¿Qué tienen? – preguntó Sacha.

–Tenemos que seguir el color rojo si queremos llegar al lugar correcto –dijo y se puso en marcha.

Caminaron unos veinte minutos, cada tanto aparecían ramificaciones laterales o tres caminos que se abrían al frente y ellos tenían que tomarse el trabajo de verificar qué color de marcas tenía cada uno para seguir por el correcto. De a ratos el aire se volvía turbio y opresivo, hasta que una correntada repentina les devolvía la pureza. Esquivaron charcos de agua y escombros de paredes semiderruidas hasta que se toparon con una escalinata. Sacha vio con cierto alivio que arriba, entre las rejas, se asomaba una luna mutilada. Subieron en silencio. Otro candado y el mismo proceder. Al correr la cortina y caminar los primeros metros en el exterior Sacha sintió que recobraba la valentía. Miró a Mariana, que le sonreía. “Ya falta poco. Ahora, apagamos la linterna, a ver si justo al final nos descubren.”, dijo ella como si todo se tratara de un juego, luego le acarició la cara. “La verdad es que me impresionás, nene”, agregó y lo envolvió en un cálido abrazo.

Recién ahí, mientras descansaba su barbilla en el hombro de ella, Sacha comprendió dónde se encontraban. Las estatuas y los pasillos angostos, las edificaciones rectangulares alzándose al cielo estrellado, las cruces multiplicándose aquí y allá. Estaban en el Cementerio Central. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y el pánico le atenazó la garganta, se separó de ella de un tirón y retrocedió unos pasos negando con la cabeza. “¿Qué hacemos acá?”, preguntó y hasta pensó en salir corriendo, pero ella, con una mirada encendida, una vez más lo sedujo. Lo tomó de la mano, lo atrajo hacia sí y lo besó largamente. Sacha cedió por completo y cuando las caricias de Mariana se volvieron osadas, el temor pareció evaporarse de su cuerpo.

Entonces se dejó arrastrar por los pasillos tomado de la mano de una Mariana, que, a pesar de la oscuridad, estaba segura del camino elegido. Doblaron un par de esquinas y finalmente se detuvieron frente a una bóveda antigua, cuya puerta estaba custodiada por dos gárgolas. Mariana lo miraba divertida, y esa expresión la volvía más inocente, más atractiva. Ella le tomó la mano que sostenía la linterna y la condujo hacia arriba, en dirección al techo de la bóveda. Cuando la encendió, el haz de luz desveló dos palabras esculpidas en la pared. “Flia. Marchetta”. Tardó unos segundos en entender que ése era el apellido de Mariana. Cuando lo hizo y la miró extrañado, ella se apartó y sacó un colgante que llevaba sujeto al cuello. Lo movió de manera seductora, como si fuese un cebo a vaya saber uno qué fantasía retorcida. Pero en realidad era una llave. “Vos estás loca”, dijo Sacha con aprensión. El miedo volvió a vencerlo. Con las manos al frente, como queriendo atajar un inminente golpe, Sacha se apartó con lentitud. Mariana no se dio por aludida, se dirigió a la puerta de la bóveda y se dispuso a abrirla. Una sensación de claustrofobia lo invadió, la mirada se le nubló y de pronto sintió que lo estaban observando. Miró a un lado y al otro, pero la oscuridad le arañó los ojos. Trazó mentalmente el camino de regreso y especuló que si salía corriendo tenía que prestar mucha atención para no perderse en las bifurcaciones. Ante esa decisión de huida inminente, el corazón le latió con fuerza, aunque fue Mariana, de nuevo, la que lo tranquilizó.

–Sacha, Sacha, mirá.

Y él cometió el error de verla. Ya estaba en el interior de la bóveda, se había sacado la remera y le ofrecía su torso desnudo. Detrás, como una postal de lo horroroso, se veían los ataúdes apilados sobre estantes decorados con manteles blancos. Sacha no sólo confirmó la locura de Mariana, sino la suya propia porque, lejos de importarle nada, no dudó ni un segundo en acercarse y poseerla. Quizás la valentía nacía de la frustración de ser el único de sus amigos que no había debutado, de las repetidas cargadas y de evadir el tema cada vez que le preguntaban. Quizás era su condición de hombre lo que le daba una seguridad nacida del instinto. Sin duda su debut sería diferente al de cualquier otro. Ingresó a la bóveda, hipnotizado por el labio inferior a medio morder que le ofrecía Mariana.

En esa pequeña habitación, en la que persistía el olor a encierro y a flores podridas, pudo contar seis cajones contra la pared, uno sobre el otro. No vio nada más, Mariana le sujetó una mano y la dirigió hacia uno de sus senos, y Sacha se dejó llevar por la novedad. Ella lo desnudó con prisa, lamiéndolo con frenesí; él reconoció su sexo con brusquedad, con la ansiedad de aquel que esperó toda una vida. Mariana, lejos de detenerlo le jadeó al oído las fantasías más inesperadas. Así, cegado por un vértigo bestial, Sacha apenas reparó en el morbo de Mariana, que prefería darle la espalda y acariciar uno de los ataúdes mientras era embestida.

No supo cómo se quedó dormido, pero Sacha se despertó sobresaltado, sintiendo la necesidad de huir de ahí. Estaba acostado sobre sus ropas, Mariana lo aferraba con las piernas mientras le acariciaba el vello escaso del pecho. Él entonces se excusó en la hora y se levantó de golpe.

Estaban vistiéndose cuando ella le pidió que se arrodillara. Sacha lo hizo porque se sentía de buen humor y el miedo ya le parecía lejano, casi una estupidez inmadura. La voz de Mariana sonó entrecortada, la luz de la luna que entraba por la puerta reveló el brillo del llanto en su mejilla.

–Yo quería agradecerte por confiar en mí. Por acompañarme hasta acá –. Le apretó un poco las manos. –Ahora quisiera que los dos oremos –propuso y comenzó a rezar una oración desconocida por Sacha. Ante la insistencia, él obedeció y repitió el cántico. Al finalizarlo, ella volvió a hablarle: –Gracias, Sacha, gracias a vos mis padres que reposan acá fueron testigos de mi embarazo. Saben que serán abuelos y están contentos por eso.

Sacha se puso de pie con el rostro deformado por el horror.

–¿De qué estás hablando? Vos estás enferma, hija de puta –. En ese rapto de violencia Sacha se dio cuenta de que no se había cuidado y se apartó mientras terminaba de cambiarse con desesperación. Sentía el estómago revuelto por los nervios y las manos no dejaban de temblarle.

–Mis padres murieron en un accidente y yo quiero que vean que soy capaz de formar una familia –explicó Mariana con ojos febriles y anhelantes.

Él no escuchó más, salió de la bóveda a la madrugada espesa donde las ráfagas de viento presagiaban una tormenta. Retomó el camino mientras las imágenes se amontonaban en su mente. ¿Qué haría si eso era cierto? Su viejo jamás le perdonaría que haya hipotecado su futuro de esa manera.

En los días posteriores, Sacha intentó comunicarse con Mariana. Aunque el futuro planificado a la perfección mutara con la llegada de un hijo, estaba dispuesto a reconocerlo. Sin embargo, ella no figuraba en el chat, parecía haberlo bloqueado.

Sacha era mi amigo desde la primaria, juntos habíamos transitado muchas aventuras, desde un viaje en tren de incognito a Buenos Aires en la adolescencia temprana, hasta las primeras salidas a los boliches, a espaldas de sus padres rigurosos. Desde escapadas en bicicleta a montes apartados buscando casos paranormales, hasta una obra de teatro llamada “Ritmo”. Desde sueños de viajes por el mundo, hasta intentos de escritura en colaboración. En esa constelación de ilusiones, de mundos de evasión, habíamos fundado “el pensadero”, un puente de vía que invitaba a la reflexión de temas filosóficos. Pero principalmente, lo acompañé cada vez que su hipocondría amenazaba con desestabilizar su entorno seguro, porque cada síntoma extraño en su cuerpo era para él una supuesta enfermedad. Es por eso que, en ese momento, viendo que la obsesión comenzaba a consumirlo, me sumé a la búsqueda. Primero, indagamos en la guía telefónica y llamamos a cada familia Marchetta que residía en Junín; ninguna reconocía a Mariana. Después, fuimos al Comercial y preguntamos por ella. El único con ese apellido era un chico de primer año que al parecer no tenía hermanas. Lejos de rendirnos, esperamos a la salida de los alumnos, aunque tampoco la encontramos. “En verdad todo pasó”, me dijo Sacha masajeándose las sienes, como si la realidad no le bastara.

Fue por entonces que escuchamos algunas historias sobre profanaciones y sexo en el cementerio. Varios hombres habían denunciado estar con una mujer que los había drogado. Pero lo más inquietante vino de mi familia. Un fin de semana largo volví al campo y comenté en el almuerzo lo que le había pasado a Sacha. Mi papá estaba en la cosecha y mi mamá apenas reparó en la historia. Asentía a mi relato, pero en realidad estaba distraída en la novela mexicana. En cambio, mi abuela escuchó cada palabra, entornando los ojos con atención. A la siesta se apareció en mi pieza y con esa cadencia de maestra, oficio que había impartido hasta no hacía mucho, me habló de algunas leyendas y precisó una que coincidía con la historia del cementerio. No recordó el nombre del demonio, pero sí cómo actuaba. “Toma la forma de una mujer atractiva para seducir a los varones, sobre todo a los adolescentes.” Con gestos suaves y sin tabúes mi abuela me contó que ese demonio tenía como objetivo absorber la energía vital de los jóvenes a través del acto sexual y que, incluso, podía embarazarse. Cuando pronunció eso se me erizó la piel. Mi abuela sonrió y agregó: “Son historias antiguas. Ésta, particularmente, intenta explicar las poluciones nocturnas de los jóvenes o las parálisis de sueño. No quiere decir que eso haya sido lo que le ocurrió a tu amigo, tal vez fue un sueño, tal vez te mintió. Después de todo, los monstruos no existen.” Me dio un beso y me dejó allí, preocupado.

Al regresar a Junín, le sugerí a Sacha ir y recorrer las inmediaciones de la tumba. Debo confesar que dudaba del estado mental de mi amigo; sabía que la chica existía, porque la había visto, pero lo demás me parecía demasiado rebuscado, aunque, allí estaba la tumba y las dos gárgolas que la custodiaban. Un reflejo de entusiasmo apareció en la cara de Sacha, que de inmediato intentó forzar la puerta. De pronto alguien nos chistó. En una esquina, un viejo de overol nos observaba con desconfianza. Preguntó qué hacíamos y Sacha le dijo que buscaba a un familiar dueño de esa bóveda. El viejo asintió, y luego nos dijo que ese tipo de construcciones tenían más de cien años, que algunas ya estaban abandonadas porque la estirpe a la larga desaparece.

–Esta no, definitivamente no –dijo y palpó la puerta con cierta satisfacción.

–¿Vio si una adolescente visita esta bóveda? La estoy buscando.

–Claro que la vi, la veo seguido por acá con su ramito de flores. Ayer casualmente visitó la bóveda y me sorprendió dado su estado.

–¿Qué estado? –pregunté y no sé por qué intuí la respuesta.

–Estaba a punto de parir. Siempre que la encuentro está embarazada.

Nunca volvimos a saber de ella.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *